El silencio en la lujosa oficina era absoluto. Rogelio, con su traje italiano impecable, miró el documento principal sobre la mesa de cristal. Su sonrisa de tiburón desapareció por completo cuando vio el nombre escrito en el primer renglón del testamento.
“Papá… ¿por qué está el nombre de esta gata aquí?”, gritó Rogelio enfurecido, señalando a Lupita con un asco evidente.
Lupita se encogió en su silla y apretó su bolsa de papel estraza. Ella no sabía absolutamente nada de los 200 millones de pesos. Se había enterado del dinero en ese exacto segundo.
“Porque ella me preguntó si ya había desayunado”, respondió Eusebio, con una voz tan fría y firme que congeló la habitación entera.
Verónica se quitó los lentes oscuros de marca, mostrando sus ojos desvelados de tanto hacer cuentas alegres en la madrugada. “Papá, no manches. Estás súper alterado. Ayer andabas vagando por la ciudad vestido como pordiosero. ¿Qué querías que pensáramos, güey?”.
Eusebio la miró lentamente de arriba a abajo. “Que era su padre”.
Iván empujó 1 caja de cartón de tienda departamental sobre la mesa. “Mira, jefe. Fue un malentendido. Te traje estos zapatos de piel carísimos para que ya tires esos huaraches asquerosos”.
Eusebio miró los zapatos brillantes, luego a su hijo menor. “¿Sabes cuál fue tu peor error, Iván? Pensar que mi dignidad calza del 8”. Crianzade los hijos