El notario se acomodó los lentes y empezó a leer el fideicomiso irrevocable. El 10 por ciento del dinero se iría a una cuenta vitalicia para la salud, casa y manutención total de Eusebio. La administradora absoluta y con poder legal sería Lupita, con auditorías trimestrales.
La enfermera se puso de pie, temblando de miedo. “No, don Eusebio, por la virgencita. Yo no soy nadie para manejar tanta lana. Sus hijos me van a destrozar viva”.