—El niño no necesita estar presente —dije.
Melinda asintió inmediatamente.
Una conocida suya que la acompañaba y había estado sentada más lejos aceptó quedarse con el pequeño durante unos minutos.
Cuando la puerta se cerró, Connor cambió.
La sonrisa desapareció por completo.
—No sé qué clase de juego es éste, Kirsten, pero si estás intentando usar a mi hijo para vengarte porque yo sí pude formar una familia…
—Tú fuiste quien acercó la carriola para que todos lo vieran.
No levanté la voz.
No hizo falta.
Kenneth colocó la carpeta sobre la mesa.
—Hay una pregunta que debe contestarse primero.
Sacó una copia del registro de transferencia y la giró hacia Connor.
—¿Reconoces este documento?
Connor apenas lo miró.
—No.
Melinda sí lo miró.
Y comenzó a llorar.
No de manera dramática.
Simplemente se cubrió la boca con una mano mientras las lágrimas aparecían antes de que pudiera detenerlas.
—Es el que me enseñaste —dijo.
Connor se puso pálido.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí sé.
Melinda se volvió hacia mí.
—Él me dijo que tú habías firmado.
Sentí una presión dolorosa en el pecho.
—¿Firmado qué?
—Que ya no querías los embriones.
Connor golpeó la mesa con la palma.
—Melinda.
Kenneth levantó una mano.
—No la intimides.
Ella respiró profundamente y siguió hablando.
—Cuando estábamos juntos… antes de que el divorcio terminara oficialmente… Connor me dijo que ustedes habían decidido cerrar esa etapa. Me dijo que tú habías firmado un consentimiento y que él podía decidir qué hacer con lo que quedaba.
La palabra “juntos” me dolió menos de lo que habría esperado.
Tal vez porque la traición sentimental ya llevaba un año dentro de mí.
Esto era otra cosa.
—¿Y tú aceptaste usar uno? —pregunté.
Melinda bajó la mirada.
—Sí.
La respuesta cayó entre nosotros sin necesidad de adornos.
Durante meses después de mi separación yo había intentado entender cómo dos personas a las que había amado podían construir una vida sobre los restos de la mía.
Ahora resultaba que la metáfora podía ser mucho más literal de lo que jamás imaginé.
—¿El niño…? —empecé.
No pude terminar.
Kenneth fue cuidadoso.
—Los registros indican que el embrión transferido correspondía al ciclo de tratamiento de ustedes dos.
Me senté.
Connor comenzó a hablar demasiado rápido.
—Eso no significa lo que estás pensando. Además, tú no querías seguir. Estabas obsesionada con el hospital, con tu carrera, con todo menos conmigo. Yo tenía derecho a seguir adelante.
Lo miré sin reconocer al hombre con quien había compartido tantos años.
—Seguir adelante no significa falsificar mi consentimiento.
—Yo no falsifiqué nada.
Kenneth empujó una segunda copia hacia él.
—Entonces quizá puedas explicar por qué el número telefónico que aparece junto a la supuesta firma de Kirsten estuvo registrado a tu nombre durante ese periodo.
Connor miró el papel.
Esta vez no tuvo respuesta inmediata.
Ésa fue la primera grieta verdadera.
No el biberón.
No la llegada de Kenneth.
El silencio de Connor.
Melinda se apartó de la mesa.
—Me dijiste que ella lo sabía.
—Lo sabía.
—No —respondí—. Yo no sabía absolutamente nada.
Melinda negó con la cabeza varias veces, como si estuviera repasando conversaciones antiguas y descubriendo palabras distintas dentro de ellas.
—Me enseñaste mensajes.
Connor la fulminó con la mirada.