PARTE 2: LA MUJER QUE EMILIA TEMÍA

PARTE 2: LA MUJER QUE EMILIA TEMÍA

Alejandro leyó el mensaje tres veces.

“Si Emilia está en uno de sus días raros, escóndela.”

Su propia hija.

Una niña de seis años que acababa de pronunciar sus primeras palabras en casi dos años.

Y la mujer con la que pensaba casarse quería esconderla para no arruinar unas fotografías.

Levantó lentamente la mirada hacia Rosa.

—¿Renata trata mal a Emilia cuando yo no estoy?

Rosa palideció.

—Señor…

—Dígame la verdad.

La trabajadora bajó los ojos.

—No quiero perder mi empleo.

—No lo perderá.

Rosa dudó.

Después miró a Emilia.

La niña había dejado de sonreír.

Solo escuchar el nombre de Renata había cambiado por completo su expresión.

Alejandro sintió un escalofrío.

—Emilia —dijo suavemente—, ¿te asusta Renata?

La pequeña no respondió.

Pero retrocedió.

Y volvió a esconderse detrás de Rosa.

Aquello fue suficiente.

Diez minutos después, un automóvil negro se detuvo frente a la mansión.

Renata entró acompañada por un maquillista, una estilista y dos fotógrafos.

—¡Alejandro!

Su sonrisa desapareció cuando vio a Emilia cubierta de tierra.

—¿Qué está haciendo así?

Después miró a Rosa.

—¿Tú permitiste esto?

—Renata —interrumpió Alejandro.

—Tenemos una sesión en quince minutos. Emilia necesita bañarse, peinarse y ponerse el vestido rosa.

La niña se aferró al uniforme de Rosa.

Renata frunció el ceño.

—Otra vez con esas tonterías.

Alejandro la observó.

—¿Qué tonterías?

—Ya sabes.

Renata bajó la voz.

—Sus crisis. Sus silencios. Esa necesidad constante de llamar la atención.

Algo dentro de él se endureció.

—Mi hija dejó de hablar después de ver morir a su madre.

Renata puso los ojos en blanco.

Fue apenas un instante.

Pero Alejandro lo vio.

—Han pasado casi dos años.

El jardín quedó en silencio.

—¿Qué acabas de decir?

Renata pareció darse cuenta demasiado tarde.

—No quise decirlo así.

—Entonces ¿cómo quisiste decirlo?

Los fotógrafos bajaron las cámaras.

Renata sonrió incómodamente.

—Alejandro, no hagamos esto delante del personal.

—Perfecto.

Se volvió hacia los demás.

—La sesión se cancela.

—¿Qué?

—Todos pueden irse.

Renata lo agarró del brazo.

—¡La revista nos dará la portada del número de familias empresariales!

Alejandro retiró lentamente su brazo.

—Mi hija no es decoración para una portada.

Los fotógrafos abandonaron la mansión en silencio.

Cuando la puerta principal se cerró, Renata perdió la sonrisa.

—¿Todo esto porque la niña tiene otro día complicado?

Emilia tembló.

Rosa se agachó a su lado.

Alejandro lo vio.

Y por primera vez comprendió que Rosa no estaba consolando a Emilia como alguien que reaccionaba a algo nuevo. Lo hacía como quien conocía perfectamente ese miedo.

—Rosa.

La mujer levantó la mirada.

—¿Qué ha ocurrido aquí cuando yo no estaba?

Renata se adelantó.

—No vas a creerle a una empleada que lleva tres semanas aquí.

—No te pregunté a ti.

Rosa tragó saliva.

—Señor Alejandro… la primera semana encontré a Emilia encerrada en el vestidor.

El rostro de Alejandro perdió color.

—¿Encerrada?

Renata respondió inmediatamente.

—Estaba jugando.

Rosa negó.

—Estaba llorando.

—¡Mientes!

—Tenía las luces apagadas.

Alejandro sintió que le faltaba el aire.

Emilia odiaba la oscuridad desde el accidente.

Dormía con dos lámparas encendidas.

—¿Quién la encerró?

Rosa no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Alejandro miró a Renata.

—Fue un castigo —admitió ella finalmente—. Tiró un florero.

—Tiene seis años.

—Y necesita límites.

—¿La encerraste en la oscuridad?

—¡Durante cinco minutos!

Emilia empezó a respirar más rápido.

Alejandro se arrodilló inmediatamente.

—Pequeña, mírame.

Pero Emilia no lo miró.

Se tapó los oídos.

—No armario.

Las dos palabras salieron débiles.

Rosa la abrazó.

Alejandro se quedó inmóvil.

Su hija acababa de hablar por segunda vez. Y lo había hecho para suplicar que no la encerraran.

Se levantó.

—Sal de mi casa.

Renata soltó una carcajada nerviosa.

—¿Qué?

—Ahora.

—Alejandro, estás alterado.

—Sal.

—¿Vas a terminar nuestro compromiso por una rabieta infantil?

Él sacó el anillo de compromiso que todavía llevaba en el bolsillo interior del saco.

Lo dejó sobre la mesa.

—No.

La miró fijamente.

—Lo termino porque acabo de descubrir qué clase de persona iba a poner al lado de mi hija.

Renata palideció.

—Te vas a arrepentir.

—Eso ya lo hice.