PARTE 2: LA MUJER QUE EMILIA TEMÍA

PARTE 2: LA MUJER QUE EMILIA TEMÍA

Ella agarró su bolso.

Pero antes de marcharse, miró a Rosa.

—Esto es culpa tuya.

Rosa bajó la cabeza.

—No —dijo Alejandro—. Es culpa mía por no haber visto lo que pasaba.

Renata salió dando un portazo.

Durante unos segundos nadie habló.

Después Emilia caminó hacia su padre.

Le tocó la mano.

—Papá.

Alejandro sintió que el mundo se detenía.

Era la primera vez que escuchaba esa palabra desde el accidente.

La abrazó con tanto cuidado como si sostuviera algo de cristal.

No lloró delante de ella.

Esperó hasta que Emilia se quedó dormida aquella tarde.

Entonces llamó al jefe de seguridad de la mansión.

—Quiero revisar todas las cámaras de los últimos seis meses.

El hombre dudó.

—Señor Santillán…

—¿Qué?

—Hay zonas sin grabaciones.

—¿Desde cuándo?

—Desde que la señorita Renata pidió cambiar el sistema.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Ella pidió acceso?

—Dijo que usted lo había autorizado.

No era cierto.

Una hora después estaban revisando los registros disponibles.

Cocina.

Pasillos.

Jardín.

Entrada principal.

Al principio no encontraron nada.

Hasta que apareció un video de hacía seis semanas.

Emilia estaba sentada en el suelo del pasillo jugando con una muñeca.

Renata caminó hacia ella.

No había audio.

Pero se inclinó y le dijo algo.

La niña dejó caer la muñeca.

Después empezó a llorar.

Renata señaló hacia el vestidor.

Emilia negó desesperadamente.

Y entonces Renata la tomó del brazo y se la llevó fuera del ángulo de la cámara.

Alejandro cerró los puños.

—Encuentra el siguiente video.

Tres minutos después, Emilia aparecía saliendo.

Habían pasado veintisiete minutos.

No cinco.

Veintisiete.

Alejandro sintió náuseas.

—¿Por qué nadie me dijo nada?

El jefe de seguridad evitó su mirada.

—La señorita Renata decía que usted no quería ser molestado con asuntos domésticos.

Alejandro cerró los ojos.

Él mismo había creado aquel sistema.

Después de la muerte de Mariana se había refugiado en el trabajo.

Delegó.

Evitó.

Pagó especialistas.

Y confundió proveer con estar presente.

Ahora entendía el precio.

Pero todavía faltaba algo.

Rosa había mencionado que Emilia lloraba cuando ella llegó.

—¿Cómo supo usted que estaba encerrada? —preguntó Alejandro.

Rosa tardó en responder.

—Escuché golpes.

—¿Y Renata?

—Había salido.

—¿Entonces tenía llave?

—No.

Rosa metió una mano en el bolsillo de su uniforme.

Sacó una horquilla doblada.

—Abrí la cerradura.

Alejandro la observó.

—¿Dónde aprendió a hacer eso?

Rosa sonrió con tristeza.

—Crecí en una casa donde a veces también necesitaba abrir puertas desde dentro.

No preguntó más.

Aquella respuesta era suficiente.

Durante la semana siguiente, Emilia cambió.

No de repente.

No como un milagro.

Pero empezó a decir palabras.

“Agua.”

“Flor.”

“Rosa.”

Y algunas noches:

“Papá.”

Alejandro redujo sus reuniones.

Desayunaba con ella.

La acompañaba al colegio.

Aprendió los nombres de sus muñecas.

Descubrió que odiaba los chícharos y amaba dibujar mariposas.

También descubrió algo más.

Cada vez que sonaba el timbre de la casa, Emilia miraba hacia la puerta con miedo.

Como si esperara que Renata regresara.

Y regresó.

No personalmente.

Llegó a través de un abogado.

Renata reclamaba públicamente que Alejandro había terminado el compromiso después de “dejarse manipular por una empleada doméstica emocionalmente inestable”.

Luego aparecieron artículos.

“Magnate rompe compromiso por trabajadora.”

“¿Romance secreto en la mansión Santillán?”

Fotografías de Rosa entrando a la casa.

Fotografías de Alejandro llevándola en automóvil con Emilia.

Mentiras.

Pero funcionaron.

La prensa empezó a esperar frente al portón.

Rosa pidió renunciar.

—No.

—Señor, están dañando su reputación por mi culpa.