PARTE 2
A las 8:17 de la mañana, don Ernesto Ferrer recibió la primera llamada.
El crédito de Santa Lucía había sido congelado.
A las 8:36, otro banco exigió garantías adicionales.
A las 9:05, 2 inversionistas cancelaron reuniones.
Antes del mediodía, la empresa debía cubrir pagos que no tenía cómo pagar.
—Esto es obra de Renata —dijo Elvira, furiosa—. Esa muchacha está haciendo un berrinche porque Julián saludó a una amiga.
Ernesto golpeó el escritorio.
—Un “berrinche” no congela 600 millones de pesos. ¿Qué diablos no me dijeron?
Julián guardó silencio.
Nunca había preguntado de dónde salían las soluciones.
Durante años, cada vez que su padre hablaba de una crisis resuelta, él asumía que Renata había ayudado con llamadas, documentos o contactos menores.
No sabía que ella era el contacto.
Del otro lado de Paseo de la Reforma, Renata observaba la ciudad desde el piso 42 de una torre recién adquirida.
En la recepción ya colgaba un nuevo nombre:
Alcázar Capital México.
La compra se había pagado con el fondo que Renata creó cuando estudiaba economía en Boston.
Su familia aportó el apellido; ella construyó el dinero.
—Tenemos 4.8% de las acciones de Ferrer —informó Mariana Soto, su directora financiera—. Con otro 0.2%, el movimiento será público.
Renata firmó la orden.
—Cómprelo.
—Eso va a causar pánico.
—No. El pánico ya estaba ahí. Nosotros solo vamos a encender la luz.
Esa tarde, Renata apareció en la casa de los Ferrer.
Elvira abrió la puerta con una sonrisa tensa.
—Hija, qué bueno que viniste. Todo se salió de control por una confusión.
Renata puso una invitación sobre la mesa.