La amiga de infancia de Julián, la de aquellas fotos que él guardaba y llamaba “como una hermana”.
Renata esperó que Julián la apartara.
No lo hizo.
Le sostuvo la cintura.
Después le acarició la espalda con una ternura que nunca debió existir entre “hermanos”.
Un girasol cayó al piso.
Julián por fin levantó la mirada.
—Rena, déjame explicarte.
Ella observó la mano de él todavía apoyada sobre Valeria.
No gritó.
No lloró.
Caminó hasta un bote de basura, dejó caer el ramo completo y sacó su celular.
—Licenciado Ortega —dijo—, retire hoy mismo la garantía del proyecto Santa Lucía de Constructora Ferrer.
Julián palideció.
—¿Qué estás haciendo?
Renata siguió hablando.
—Cancele también el aval puente de Polanco. Que ningún fondo relacionado con Alcázar cubra un solo peso más.
—Señorita Renata, eso podría dejar a los Ferrer sin liquidez en menos de 48 horas.
Ella miró a Valeria abrazada al hombre por quien había sacrificado 5 años.
—Entonces que aprendan cuánto costaba la mujer que trataban como sirvienta.
Colgó.
Julián intentó acercarse, pero Renata levantó una mano.
—Si tanto la extrañabas, quédate con ella. Ya entendí mi lugar.
Esa noche, un auto negro la llevó a una residencia en Bosques de las Lomas que no pisaba desde hacía 5 años.
Su abuelo, don Octavio Alcázar, la esperaba bajo la luz del vestíbulo.
—Mira nada más quién recordó que tiene familia.
Renata tragó saliva.
—Abuelo, necesito volver.
El anciano la estudió en silencio.
—¿Como la niña que se fue por amor o como la mujer que por fin abrió los ojos?
Renata dejó sobre una mesa la caja donde guardaba el anillo de promesa de Julián.
—Como una Alcázar.
A la mañana siguiente, Constructora Ferrer recibió 6 notificaciones bancarias.
Y cuando doña Elvira descubrió quién era realmente la nuera a la que humilló durante años, cayó de rodillas frente al documento que podía borrar su apellido del mapa.