—Señor… Nunca he estado con nadie… ni con una mujer, ni con un hombre. Usted es la primera persona en la que confío tanto…
La luz roja de la grabadora parpadeaba sin cesar.
Rohan se quedó paralizado junto a la cama, mirando fijamente la maleta abierta como si su cuerpo hubiera olvidado cómo moverse.
Unos minutos antes, estaba nervioso por un motivo completamente distinto.
Pensaba que esta noche se trataba de confianza.
De abrir por fin su corazón a alguien.
Pero ahora, al ver lo que había dentro de la maleta de Vikram, Rohan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No había ropa.
Ni portátil.
Ni siquiera artículos de aseo.
Solo una gruesa carpeta marrón.
Debajo había varios sobres pequeños, una cámara digital y lo que parecían inquietantemente fotografías impresas.
A Rohan se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Qué… qué es todo esto?
Vikram no respondió de inmediato.
En cambio, con calma, tomó la carpeta, la colocó sobre la mesa y la abrió como si se hubiera estado preparando para este momento durante mucho tiempo.
Lo primero que vio Rohan le heló la sangre.
Una fotografía.
De él.
Saliendo de su edificio dos semanas antes.
Otra foto.
Rohan sentado solo en una cafetería cerca de su oficina.
Otra más.
Rohan comprando medicamentos en una farmacia a altas horas de la noche.
Y otra más.
Rohan de pie frente a la casa de su madre, con una bolsa de la compra en una mano y el teléfono en la otra.
Le temblaban los dedos.
—¿Por qué tienes estas fotos?
Vikram finalmente lo miró.
Su rostro seguía impasible.
Demasiado impasible.
—Porque necesitaba estar seguro.
Rohan dio un pequeño paso atrás.
—¿Seguro de qué?
Vikram sacó lentamente un sobre de debajo de la carpeta y lo deslizó sobre la mesa.
Rohan bajó la mirada.
Su nombre completo estaba escrito en él.
No solo “Rohan”.
Su nombre legal completo.
Su fecha de nacimiento.
Su dirección.
Incluso el nombre de su madre.
La respiración de Rohan se volvió irregular.
—¿Quién eres?
Por primera vez esa noche, la expresión de Vikram cambió.