No se convirtió en una sonrisa.
No en culpa.
Sino en algo más pesado.
Algo casi doloroso.
Bajó la voz y dijo:
—No soy el hombre que crees que soy.
A Rohan se le revolvió el estómago.
Vikram abrió el sobre y sacó una fotografía antigua.
Estaba descolorida, ligeramente rasgada en una esquina.
Rohan vio a una mujer joven en ella.
Luego a un hombre de pie junto a ella.
Y en los brazos de la mujer…
había un bebé.
Rohan se quedó mirando la foto.
Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que podía oírlo en sus oídos.
Porque la mujer de la foto…
era su madre.
Y el bebé…
era él.
Rohan entreabrió los labios, pero no emitió ningún sonido.
Volvió a mirar la vieja fotografía.
Su madre.
El bebé.
Él.
Entonces sus ojos se posaron en el hombre que estaba de pie junto a su madre en la foto.
El rostro del hombre era más joven, más delgado, casi irreconocible al principio.
Pero los ojos…
Rohan levantó la vista lentamente hacia Vikram.
Sus manos se helaron.
—¿Por qué tienes una foto de mi madre?
La mandíbula de Vikram se tensó.
Por primera vez esa noche, su expresión serena se quebró.
Apartó la mirada, como si la respuesta misma fuera demasiado dolorosa para decirla en voz alta.
La voz de Rohan se alzó:
—¡Respóndeme!
Vikram cerró los ojos un instante.
Luego susurró:
—Porque estuve allí la noche en que naciste.
Rohan dejó de respirar.
La habitación pareció tambalearse a su alrededor.
La luz roja intermitente de la grabadora de repente sonó más fuerte que los latidos de su corazón.
—¿De qué estás hablando?
Vikram volvió a meter la mano en la carpeta y sacó un último documento.
Un antiguo certificado de nacimiento del hospital.
Al pie de la página estaba el nombre de Rohan.
Y debajo…
una firma.
La firma de su madre.
Rohan agarró el papel con manos temblorosas.
Entonces vio una línea que casi le hizo flaquear las rodillas.
Nombre del padre: Desconocido.
Pero debajo de “contacto de emergencia”, había otro nombre escrito claramente.
Vikram Rao.
Rohan levantó la vista lentamente, con los ojos llenos de terror y confusión.
—¿Quién eres para mí?
El rostro de Vikram palideció.
Antes de que pudiera responder, un fuerte golpe resonó en la puerta de la habitación del hotel.
Ambos hombres se quedaron paralizados.
Entonces se oyó la voz de una mujer desde afuera.
Una voz que Rohan conocía mejor que nadie.
Su madre.
—Rohan… abre la puerta.
A Rohan se le heló la sangre.
Porque su madre no debía saber que estaba allí.
Y definitivamente no debía conocer a Vikram.