PARTE 1
Renata Alcázar llevaba 5 años imaginando aquel instante.
Había comprado un ramo de girasoles en un puesto de Coyoacán, se había peinado como a Julián le gustaba y llegó 2 horas antes al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.
Julián Ferrer había partido como médico militar en una misión internacional, prometiéndole que, al volver, por fin se casarían.
—Espérame, Rena. Cuando regrese, vamos a empezar nuestra vida de verdad.
Ella le creyó.
Durante esos 5 años, Renata cuidó a los padres de Julián, soportó a doña Elvira y salvó de la quiebra a Constructora Ferrer.
Elvira jamás la consideró suficiente.
—Una mujer tan mandona termina sola —le repetía—. Aprende a ser más dócil, mija. A los hombres no les gusta que una mujer sepa más que ellos.
Renata sonreía por educación.
Después corregía contratos, negociaba con bancos y evitaba que los socios abandonaran la empresa.
Nadie sabía que Alcázar Inversiones respaldaba cada rescate ni quién era realmente Renata.
Cuando las puertas de llegadas se abrieron, su corazón casi se le salió del pecho.
Julián apareció entre la gente, más delgado, con el rostro cansado y una maleta verde colgada del hombro.
Al verla, se quedó inmóvil.
Renata dio un paso.
Entonces una mujer de vestido crema salió corriendo.
—¡Julián!
Se lanzó a sus brazos con tanta fuerza que varias personas voltearon.
La mujer hundió el rostro en su cuello.
—Volviste… neta, pensé que ya no iba a verte.
Renata la reconoció.
Valeria Castañeda.