—Eso quiero saber.
Esa noche el teléfono de Laura empezó a vibrar.
Primero una llamada.
Luego 5.
Luego 20.
A la mañana siguiente tenía 63 llamadas perdidas y una docena de mensajes de Ricardo.
“Tenemos que hablar.”
“Estás confundida.”
“Podemos arreglar esto.”
“Yo todavía te amo.”
Laura soltó una carcajada por primera vez en semanas.
A las 8 de la mañana, Ricardo irrumpió en la habitación con el rostro desencajado y una bolsa de pan dulce en la mano, como si un par de conchas pudieran borrar años de desprecio.
—Amor, cometí un error.
Laura lo miró con absoluta calma.
Ricardo se acercó a la cama.
—Voy a dejar a Fernanda. Podemos empezar de cero. Te voy a acompañar a cada tratamiento. Voy a cuidarte. Lo juro.
—Qué rápido regresó el amor.
Él palideció.
Entonces Laura comprendió que el cáncer no había revelado quién era ella.
Había revelado quién era él.
Y justo cuando Ricardo creyó que todavía podía recuperar el control, Laura le mostró un documento que cambió por completo la expresión de su rostro.
PARTE 3
Ricardo estiró la mano.
—¿Qué es eso?
Laura sostuvo la carpeta contra el pecho.
—La razón por la que llegaste corriendo después de ignorarme durante semanas.
—No seas ridícula. Vine porque recapacité.
—No. Viniste porque Valeria te habló de los 90 millones.
Ricardo abrió la boca, pero Laura continuó.
—Durante 13 años nunca te interesó cómo manejaba mis finanzas. Decías que mi trabajo era “estar pegada a la computadora”. Tampoco preguntaste por las inversiones de mi papá porque asumiste que, si algún día había dinero, automáticamente sería tuyo.
—Somos esposos.
—Éramos esposos. Nos casamos por separación de bienes. Además, el fideicomiso fue constituido por mi padre antes de que yo te conociera. Tú no eres beneficiario.
La cara de Ricardo cambió de incredulidad a rabia.
—¿Me estás diciendo que escondiste 90 millones de pesos?
—No te escondí nada. Nunca preguntaste y jamás aportaste un peso a ese patrimonio.
—¡Soy tu marido!
—Cuando me dieron el diagnóstico, preguntaste quién iba a cocinarte. Cuando empecé quimioterapia, no viniste. Cuando pensaste que podía morir, buscaste otra mujer. Y cuando escuchaste “90 millones”, recordaste de repente que me amabas.
Ricardo apretó los dientes.
—Eso no significa que puedas dejarme fuera.
—Sí significa.
Laura abrió la carpeta. Su padre había creado el fideicomiso años antes y Laura tenía derecho a designar a la beneficiaria sustituta. Días atrás, con asesoría legal, había actualizado el documento.
Nombre: Valeria Mendoza.
Ricardo quedó mudo.
—¿Mi hija?
—Mi hija también.
—¡Es mi hija!
—Entonces deberías alegrarte de que su futuro esté protegido.
—¡Me estás castigando!
—No, Ricardo. Te estás castigando tú solo.
Él caminó por la habitación.
—Voy a demandarte. Voy a reclamar lo que me corresponde.
—Hazlo. Mis abogados ya revisaron todo.
Ricardo golpeó la mesa auxiliar. Una enfermera se asomó.
—Señor, tiene que tranquilizarse.
—¡Esto es un asunto familiar!
—Precisamente por eso —respondió Laura— quiero que se vaya.
La enfermera llamó a seguridad. Mientras 2 guardias lo acompañaban hacia la salida, Ricardo gritó que Laura se arrepentiría y que Valeria estaba siendo manipulada.
Laura no respondió.
Por primera vez en muchos años, el silencio no le pareció vacío.
Le pareció libertad.
Ricardo cumplió su amenaza. Una semana después, el abogado de Laura recibió una carta exigiendo acceso al fideicomiso y cuestionando la designación de Valeria.
La respuesta fue breve: los documentos estaban en regla, el patrimonio provenía de bienes ajenos al matrimonio y no existía fundamento para que Ricardo lo administrara o reclamara.
Cuando su propio abogado le explicó lo mismo, Ricardo llamó a Laura desde otro número.
—Después de todo lo que hice por ti, ¿así me pagas?
Laura casi no reconoció la vieja culpa que antes la habría hecho temblar.
—¿Qué hiciste por mí, Ricardo?