PARTE 2: LA VERDAD QUE TODO EL PUEBLO HABÍA CALLADO DURANTE DIEZ AÑOS.

PARTE 2: LA VERDAD QUE TODO EL PUEBLO HABÍA CALLADO DURANTE DIEZ AÑOS.

Pero para entonces Rogelio ya había conseguido que medio pueblo lo señalara.

Y tres semanas después Efraín apareció muerto.

Oficialmente, una enfermedad repentina.

El expediente se cerró.

Santiago permaneció inmóvil.

Diez años.

Había vivido creyendo que su padre murió avergonzado por perder el rancho.

Ahora descubría que quizá había intentado proteger algo mucho más grande.

—¿Por qué nadie me dijo nada?

Mateo lo miró con tristeza.

—Porque tú estabas por entrar al servicio.

—Eso no responde.

—Tu padre nos lo pidió.

Aquello dolió más.

Efraín había dejado una carta.

Mateo la conservó durante diez años.

Se la entregó.

Santiago reconoció inmediatamente la letra.

“HIJO:

SI ALGÚN DÍA REGRESAS Y EL RANCHO YA NO ESTÁ, NO PELEES POR LA TIERRA HASTA SABER QUÉ HICIMOS CON ELLA.

YO COMETÍ ERRORES.

PERO NO MATÉ A JULIÁN.

Y SI DIGO MÁS, ROGELIO IRÁ POR TI.”

Santiago cerró los ojos.

Elena comenzó a llorar en silencio.

Toda una década había odiado al hombre equivocado.

Pero la historia aún no terminaba.

A la mañana siguiente, Santiago pidió hablar con el comisariado ejidal.

No quería hacerlo en secreto.

Quería hacerlo frente al pueblo entero.

La noticia corrió rápido.

Al mediodía, más de cien personas estaban reunidas frente al salón municipal.

Agricultores.

Comerciantes.

Viudas.

Ancianos.

Familias que habían perdido terrenos años atrás.

Santiago colocó las copias sobre una mesa.

Elena se puso a su lado.

Mateo también.

—Mi nombre es Santiago Aranda —dijo—. Y no vine a quitarle el rancho a Elena.

Los murmullos comenzaron.

Ella lo miró sorprendida.

—Lo compró legalmente.

Santiago continuó.

—Pero sí vine a saber por qué mi padre perdió esta tierra.

Una mujer levantó la voz.

—¡Porque era un asesino!

Santiago sostuvo la mirada.

—Eso mismo creí yo.

Entonces mostró la carta.

Después la libreta.

Después los registros.

El silencio fue creciendo.

Un anciano del fondo levantó la mano.

—Rogelio también se quedó con la parcela de mi hermano.

Otra mujer habló.

—A mi madre le hicieron firmar algo que nunca entendió.

Después otro.

Y otro.

En menos de veinte minutos, la historia dejó de ser únicamente la de Santiago.

Era la historia de medio pueblo.

Entonces una camioneta gris apareció frente a la plaza.

Rogelio Salvatierra bajó.

Había envejecido, pero Santiago lo reconoció inmediatamente.

Traje claro.

Zapatos limpios.

Sonrisa de hombre acostumbrado a entrar en cualquier lugar creyendo que todavía mandaba.

—Qué espectáculo tan conmovedor —dijo.

El murmullo se apagó.

Rogelio miró a Santiago.

—Tu padre estaría avergonzado.

Santiago no avanzó.

—Mi padre te tuvo miedo.

—Tu padre era un ladrón.

Elena dio un paso.

—¿Y Julián?

Por primera vez la sonrisa de Rogelio desapareció.

—No sé de qué habla.

Ella levantó la libreta.

—Él sí sabía quién eras.

Rogelio miró alrededor.

Había demasiadas personas.

Demasiados teléfonos grabando.

—Esas notas no demuestran nada.

Santiago respondió:

—Entonces quizá esto sí.

Mateo colocó sobre la mesa una fotografía que nadie había visto.

La imagen era borrosa.

Pero mostraba tres vehículos cerca del puente la noche en que Julián murió.

Uno pertenecía a Efraín.

Otro a Julián.

El tercero tenía una matrícula registrada años atrás a nombre de Rogelio Salvatierra.

El pueblo entero quedó en silencio.

Rogelio dio un paso atrás.

—Eso puede falsificarse.

—Tal vez —dijo Santiago—. Por eso no vine a juzgarte.

Se escucharon motores acercándose.

Dos vehículos oficiales se detuvieron junto a la plaza.