PARTE 2: LA VERDAD QUE TODO EL PUEBLO HABÍA CALLADO DURANTE DIEZ AÑOS.

PARTE 2: LA VERDAD QUE TODO EL PUEBLO HABÍA CALLADO DURANTE DIEZ AÑOS.

Santiago no habló.

Durante varios segundos solo escuchó el golpeteo irregular de la lluvia contra el techo de lámina.

—Repítalo —dijo al fin.

Mateo apretó ambas manos sobre el bastón.

—Tu padre mató a Julián, el esposo de Elena.

Trueno levantó la cabeza desde el suelo.

Elena permanecía de pie junto a la ventana, con la escopeta apoyada contra la pared.

Ya no parecía furiosa.

Parecía cansada.

—¿Cuándo? —preguntó Santiago.

—Hace diez años.

La misma semana en que él había partido.

Santiago sintió un frío distinto al de la montaña.

—Mi padre murió diciéndome que Julián había tenido un accidente.

Elena soltó una risa amarga.

—Eso le dijeron a todos.

Mateo negó lentamente.

—No fue así.

Aquella noche, Julián había descubierto que varias familias de San Miguel estaban perdiendo terrenos por supuestas deudas municipales.

Documentos aparecían firmados por ancianos que jamás habían vendido nada.

Predios cambiaban de dueño.

Y detrás de casi todas las operaciones aparecía el mismo abogado.

Rogelio Salvatierra.

Santiago apretó la mandíbula.

—El mismo hombre que dejé administrando mi rancho.

Mateo asintió.

—El mismo.

Julián reunió pruebas.

Quería denunciarlo.

Pero antes de hacerlo visitó a Efraín Aranda.

—¿Por qué a mi padre?

Elena respondió:

—Porque tu padre también estaba metido.

Santiago se levantó de golpe.

—Eso no puede ser.

—Yo también dije lo mismo durante años.

Mateo abrió otra carpeta.

Había copias de contratos, recibos y fotografías antiguas.

En varios documentos aparecía la firma de Efraín.

Santiago sintió que le faltaba aire.

—Mi padre era un hombre honrado.

—Lo fue durante mucho tiempo —dijo Mateo—. Hasta que empezó a deber dinero.

La sequía había golpeado el rancho.

Efraín hipotecó maquinaria.

Después ganado.

Finalmente aceptó prestar su nombre a algunas operaciones de Salvatierra.

A cambio, el abogado evitaba que los acreedores tocaran Los Laureles.

—Julián descubrió todo —continuó Elena—. Y amenazó con denunciar a los dos.

Santiago miró las hojas.

—Entonces mi padre lo mató.

Mateo tardó en responder.

—Eso fue lo que todos creímos.

—¿Creímos?

El anciano levantó la vista.

—Porque Efraín confesó.

Silencio.

—Fue a la comandancia al día siguiente. Dijo que discutieron cerca del puente viejo y que Julián cayó durante el forcejeo.

Elena cerró los ojos.

—Yo lo odié durante años.

—¿Y ahora no?

Ella lo miró.

—Ahora no sé a quién odiar.

Mateo sacó una pequeña libreta.

—Encontré esto hace seis meses.

Era de Julián.

La había escondido dentro de una pared del antiguo establo.

En las últimas páginas había nombres.

Fechas.

Placas.

Cantidades.

Y una frase subrayada tres veces.

“Efraín quiere salir. Rogelio no se lo permitirá.”

Santiago levantó lentamente la vista.

—Mi padre quería denunciarlo.

—Eso parece.

Otra anotación mencionaba una reunión en el puente.

No entre Julián y Efraín.

Entre Julián, Efraín y Rogelio.

Elena se sentó.

—Mi esposo escribió que iba a convencer a Efraín de declarar.

Santiago comenzó a entender.

—Entonces la confesión de mi padre…

—Pudo haber sido falsa.

Mateo sacó la última hoja.

—Dos días después de entregarse, Efraín retiró su declaración y dijo que había mentido.