A las dos de la madrugada, Mariana apagó la lámpara de la habitación y fingió retirarse.
No fue lejos.
Se ocultó detrás de la puerta entreabierta del vestidor, desde donde podía ver la cama de Gabriel y el reflejo del pasillo en el cristal del ventanal.
Antes de acostarse, Gabriel había tomado las seis pastillas entregadas por Salgado.
Mariana guardó dos idénticas en el bolsillo.
Las cambiaría por muestras inocuas y enviaría las originales a un laboratorio privado.
Pero primero necesitaba confirmar otra cosa.
El reloj marcó las 2:56.
Gabriel dormía profundamente.
A las 3:07, una pequeña luz roja apareció bajo la cama.
Mariana contuvo la respiración.
Tres segundos después, el cuerpo de Gabriel se arqueó violentamente.
Sus manos se cerraron sobre las sábanas.
Una vena palpitó en su cuello.
Mariana salió de su escondite, pero no se acercó de inmediato. Se arrodilló junto al colchón y pasó la palma por la tela.
Sintió una vibración.
No provenía del mecanismo de elevación.
Era más breve.
Más aguda.
Como un pulso eléctrico.
Sacó el bisturí que llevaba preparado y realizó un corte de apenas diez centímetros en la parte lateral del colchón.
Introdujo los dedos.
Primero tocó espuma.
Después metal.
Mariana amplió la abertura.
Y entonces lo vio.
Decenas de agujas finísimas estaban ocultas bajo la superficie, conectadas por cables a una caja negra.
Algunas se encontraban manchadas.
Otras tenían pequeños depósitos transparentes en la base.
Cada vez que la luz roja parpadeaba, las agujas ascendían apenas unos milímetros, atravesaban la tela y se hundían en la espalda de Gabriel.
—Dios mío…
La caja vibró otra vez.
Mariana la desconectó.
El cuerpo de Gabriel dejó de tensarse casi de inmediato.
—Gabriel.
Él no despertó.
La sedación era demasiado fuerte.
Mariana tomó fotografías.
Después llamó a Esteban.
—Sube solo. No avises a nadie.
—¿Qué encontraste?
—Algo por lo que podrían matarnos.
Esteban entró tres minutos después con el arma desenfundada.
Cuando vio el interior del colchón, su rostro cambió.
—¿Quién instaló esto?
—La persona que controla la caja.
Mariana señaló un pequeño receptor.
—Funciona a distancia.
Esteban examinó los cables.
—¿Desde cuánto alcance?
—No lo sé.
—¿Puede activarse desde fuera de la casa?
—Probablemente.
Él miró a Gabriel.
—¿Las agujas tienen veneno?
—Puede ser un compuesto neurotóxico o algo diseñado para inflamar los nervios. Necesito analizarlo.
Esteban apretó los dientes.
—Salgado.
—Salgado participa.
Mariana bajó la voz.
—Pero no creo que sea quien toma las decisiones.
Esteban la miró.
—¿Por qué?
—Porque alguien activó el mecanismo esta noche cuando él no estaba aquí.
El jefe de seguridad se volvió hacia la puerta.
—Entonces la persona está cerca.
Mariana asintió.
—O dentro de la casa.
Un ruido sonó en el pasillo.
Ambos se quedaron inmóviles.
Esteban apagó la linterna.
Pasos.
Lentos.
Se detuvieron frente a la habitación.
La manija comenzó a girar.
Esteban levantó el arma.
Pero quien entró fue Valentina Montoya, hermana menor de Gabriel.
Llevaba una bata de seda y sostenía un vaso de agua.
—¿Qué hacen?
Sus ojos bajaron hacia el colchón abierto.
El vaso cayó al suelo.
—¿Qué es eso?