Entró a Mi Librería Buscando Trabajo. Le Solté la Peor Broma de Mi Vida: “Necesito una Esposa, No Una Empleada”. Ninguno de los Dos Imaginó Que Aquella Frase Ridícula Sería el Comienzo de Nuestra Historia.

Entró a Mi Librería Buscando Trabajo. Le Solté la Peor Broma de Mi Vida: “Necesito una Esposa, No Una Empleada”. Ninguno de los Dos Imaginó Que Aquella Frase Ridícula Sería el Comienzo de Nuestra Historia.

Entró a Mi Librería Buscando Trabajo. Le Solté la Peor Broma de Mi Vida: “Necesito una Esposa, No Una Empleada”. Ninguno de los Dos Imaginó Que Aquella Frase Ridícula Sería el Comienzo de Nuestra Historia.

El día que Clara entró en mi librería con una vieja maleta azul, yo estaba subido a una escalera intentando arreglar un estante que llevaba semanas torcido.

Ni siquiera la miré cuando sonó la campanilla de la puerta.

Solo dije la primera tontería que se me ocurrió.

—Lo siento, pero lo que necesito es una esposa, no otra empleada.

Hubo unos segundos de silencio.

Cuando levanté la vista, vi a una mujer sujetando con fuerza el asa de su maleta.

—Entonces creo que me equivoqué de anuncio.

Se dio la vuelta para marcharse.

Bajé tan deprisa de la escalera que casi terminé en el suelo.

—¡Espera! Era una broma.

Ella arqueó una ceja.

—No parece una muy buena forma de empezar una entrevista.

Suspiré.

—Definitivamente no lo es.

Por primera vez sonrió.

Fue apenas una sonrisa.

Pero bastó para convencerme de que debía intentar arreglar el desastre que acababa de provocar.

Le enseñé la oficina.

Había cajas de libros sin clasificar.

Facturas mezcladas con pedidos.

Y una carpeta con una nota escrita a mano:

“Organizar algún día.”

Clara observó todo en silencio.

—No estás buscando una dependienta.

—¿Entonces?

—Necesitas a alguien que salve este negocio.

No pude evitar reír.

—¿Estás interesada?

—Depende.

—¿De qué?

—De si aceptas que cambie absolutamente todo.

Le tendí la mano.

—Empiezas mañana.

En menos de una semana, la librería parecía otra.

Creó un sistema para organizar el inventario.

Separó los pedidos atrasados.

Preparó un programa de fidelización para los clientes.

Incluso descubrió varias cajas de novedades que llevaban meses olvidadas en el almacén.

Mi empleado más antiguo, Andrés, la observaba trabajar con los brazos cruzados.

—Si esta chica se va, volvemos al caos.

Yo pensaba exactamente lo mismo.

Solo que aún no me atrevía a decirlo.

Había algo más que llamaba mi atención.

Todos los días, exactamente a las doce, Clara salía durante cuarenta y cinco minutos.

Nunca daba explicaciones.

Nunca llegaba tarde al regresar.

Una tarde escuché, sin querer, una conversación telefónica.

—Mamá, espera a la fisioterapeuta. No intentes levantarte sola.

Comprendí todo.

Su madre se estaba recuperando de un accidente y ella era la única persona que podía cuidarla.

Al día siguiente cambié el horario de la librería.

Ninguna reunión.

Ningún proveedor.