Entró a Mi Librería Buscando Trabajo. Le Solté la Peor Broma de Mi Vida: “Necesito una Esposa, No Una Empleada”. Ninguno de los Dos Imaginó Que Aquella Frase Ridícula Sería el Comienzo de Nuestra Historia.

Entró a Mi Librería Buscando Trabajo. Le Solté la Peor Broma de Mi Vida: “Necesito una Esposa, No Una Empleada”. Ninguno de los Dos Imaginó Que Aquella Frase Ridícula Sería el Comienzo de Nuestra Historia.

Ninguna entrega importante durante el mediodía.

Nunca le dije que lo había hecho por ella.

Simplemente dejé aquel espacio libre.

Con el paso de los meses empezamos a conocernos mejor.

Descubrí que le encantaban las novelas históricas.

Que siempre golpeaba dos veces el bolígrafo sobre la mesa cuando algo la preocupaba.

Y que sonreía como una niña cada vez que su madre conseguía caminar unos pasos más.

También descubrí que la librería parecía demasiado silenciosa cuando ella aún no había llegado.

Un día recibió una llamada.

Una importante editorial le ofrecía un puesto fijo.

El sueldo era mejor.

Las condiciones también.

Era una oportunidad que cualquiera habría aceptado.

—Deberías ir a la entrevista —le dije.

Ella me miró fijamente.

—¿Eso quieres?

Tragué saliva.

—Quiero que elijas lo que te haga feliz.

—¿Y si lo que me hace feliz está aquí?

No supe responder.

Pensé que insistir sería egoísta.

Durante varios días mantuve las distancias.

Hasta que ella dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—¿He hecho algo mal?

—No.

—Entonces, ¿por qué de repente eres tan frío?

Suspiré.

—Intento no influir en tu decisión.

Ella negó con la cabeza.

—Nunca te pedí que desaparecieras.

Guardé silencio.

—Solo necesitaba saber si te importaba que me fuera.

La miré a los ojos.

—Sí.

—Me importaría mucho.

Sonrió con alivio.

—Eso era todo lo que necesitaba escuchar.

Pocos días después apareció un representante de una gran cadena de cafeterías.

Quería comprar cientos de libros para una campaña nacional.

Todo el proyecto lo había preparado Clara.

Sin embargo, el hombre apenas la miró.

—Prefiero hablar con el dueño.

Respiré hondo.

Recordé todas las veces que había hablado por ella sin darme cuenta.

Esta vez hice algo distinto.

—La persona que diseñó todo este proyecto es Clara.

—Si quiere negociar, será con ella.

El hombre hizo un gesto de desagrado.

—Solo es la dependienta.

Clara cerró la carpeta.

—Entonces creo que esta librería no es el lugar adecuado para usted.

El representante se marchó.

Perdimos el contrato.

Cuando cerramos la tienda aquella noche, Clara se acercó a mí.

—Gracias por confiar en mí.

Negué con la cabeza.

—No.

—Gracias por demostrarme que no necesitabas que hablara por ti.

Una semana después, el mismo representante regresó.

Pidió disculpas.