Y aceptó todas las condiciones que Clara había preparado desde el principio.
Casi un año más tarde, mientras cerrábamos la librería, vi caer un viejo papel de su maleta.
Era el anuncio original de empleo.
En la parte trasera había escrito una frase.
“Este fue el primer lugar donde alguien me preguntó qué sabía hacer antes de preguntarme qué había salido mal en mi vida.”
No dije nada.
Guardé aquella frase en mi memoria.
Dos meses después coloqué el mismo cartel sobre su escritorio.
Le di la vuelta.
En la parte de atrás había escrito:
¿Quieres casarte conmigo?
Ella leyó la pregunta.
Después la tachó con un bolígrafo.
Sentí que el corazón se me detenía.
Entonces sonrió.
—No puede preguntármelo un trozo de cartón.
Rodeé el escritorio.
Tomé sus manos.
—Clara…
—No te necesito para ser feliz.
—Y tú no me necesitas para salvar tu vida.
—Pero cada día que paso contigo hace que quiera ser una mejor persona.
—No quiero que seas mi empleada.
—Quiero que seas mi compañera.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—Ahora sí…
—Esa es la pregunta correcta.
Asintió lentamente.
—Sí.
—Quiero casarme contigo.
Nos casamos un mes después en el pequeño jardín del centro de rehabilitación donde vivía su madre.
Aquella mañana, ella caminó sola hasta abrazarnos.
Cuando volvimos a abrir la librería el lunes siguiente, todo seguía igual.
Había pedidos pendientes.
Clientes esperando.
Libros por colocar.
Le dejé una taza de café sobre el mostrador.
—¿Es para la gerente de la librería?
Negué sonriendo.
—No.
—Es para mi socia.
Ella levantó la taza.
—Esa respuesta ha sido mucho mejor que la primera que me dijiste el día que nos conocimos.
Detrás de nosotros seguía colgado el viejo anuncio de empleo.