Esteban bloqueó la puerta.
—¿Por qué estás despierta?
—Escuché a Gabriel gritar.
Mariana observó su rostro.
Parecía sorprendida.
Pero no aterrada.
—¿Sabías que había algo dentro del colchón? —preguntó.
Valentina retrocedió.
—Claro que no.
—¿Quién recomendó comprarlo?
—Salgado.
—¿Quién autorizó que entrara sin ser revisado por seguridad?
La mujer miró a Esteban.
Él guardó silencio.
—Yo firmé la recepción —admitió Valentina—. Ricardo dijo que era equipo médico delicado.
Esteban dio un paso hacia ella.
—¿Y dejaste que lo instalaran sin inspección?
—Mi hermano estaba muriéndose de dolor. Confié en su médico.
Mariana se acercó.
—No diga todavía que lo encontramos.
Valentina frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque quien esté detrás de esto podría intentar borrar pruebas.
Valentina miró a Gabriel.
—¿Va a vivir?
—Si logramos descubrir qué le administraron.
Durante unos segundos pareció aliviada.
Después miró la caja negra.
Y Mariana vio algo extraño.
Valentina reconoció el dispositivo.
Fue apenas un movimiento de sus pupilas hacia el botón lateral.
Pero la enfermera lo notó.
—¿Había visto uno igual? —preguntó.
—No.
Respondió demasiado rápido.
Antes del amanecer, Esteban cambió a Gabriel de habitación.
Colocaron un colchón común y ocultaron el equipo manipulado en una bodega asegurada.
Mariana extrajo muestras del líquido presente en tres de las agujas.
A las seis, Salgado llegó.
Entró en la habitación sin saludar.
Al ver el colchón diferente, se detuvo.
—¿Qué pasó con el equipo médico?
Mariana acomodó una manta sobre Gabriel.
—Se rompió el mecanismo de inclinación.
—¿Quién autorizó retirarlo?
—Yo.
El médico se acercó.
—No tiene autoridad.
—Tengo la obligación de evitar que mi paciente duerma sobre un equipo defectuoso.
Salgado la observó con una furia contenida.
—¿Lo abrieron?
Mariana sostuvo su mirada.
—¿Deberíamos haberlo hecho?
El silencio entre ambos se volvió peligroso.
Después Salgado sonrió.
—No. Podrían perder la garantía.
Se inclinó sobre Gabriel y revisó sus pupilas.
—Hoy aumentaremos la sedación.
—No.
El médico se enderezó.
—¿Qué dijo?
—Su saturación bajó durante la noche. No recibirá otra dosis hasta que vea las órdenes actualizadas.
Salgado cerró el expediente.
—Voy a hablar con el señor Montoya.
—Cuando despierte.
El doctor salió sin discutir.
Eso preocupó a Mariana mucho más que sus amenazas.
A las nueve, Gabriel abrió los ojos.
Por primera vez en semanas no gritó al despertar.
Movió los dedos de los pies.
Después levantó ligeramente la rodilla derecha.
Mariana sintió que el corazón se le aceleraba.
—Hágalo otra vez.
Gabriel obedeció.
El movimiento fue débil.
Pero existía.
—Me dijeron que nunca volvería a moverla.
—Le mintieron.
Él la miró fijamente.
—¿Qué encontró?
Mariana cerró la puerta.
Le mostró las fotografías.
Gabriel no dijo nada mientras observaba las agujas.
Su rostro se volvió cada vez más frío.
—¿Cuánto tiempo?
—Probablemente desde que llegó el colchón.
—Dos meses.
—Entonces llevan dos meses atacando su sistema nervioso mientras duerme.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Salgado.
—Sí.