Parte 2: EL HOMBRE DETRÁS DEL CONTROL

Parte 2: EL HOMBRE DETRÁS DEL CONTROL

—Lo quiero vivo.

—Necesitamos dejar que crea que no sabemos nada.

Gabriel levantó la mirada.

—¿Quién más lo sabe?

—Esteban. Valentina entró cuando estábamos revisándolo.

Algo cambió en sus ojos.

—¿Valentina?

—Ella dijo que firmó la recepción.

Gabriel permaneció en silencio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Mariana.

—Mi hermana jamás firma entregas.

—Quizá hizo una excepción.

—No.

Gabriel extendió la mano.

—Dame mi teléfono.

—Está en la caja fuerte.

—La clave es 0419.

Mariana lo recuperó.

Gabriel abrió una aplicación privada vinculada a las cámaras de seguridad internas.

Buscó la fecha en que instalaron el colchón.

El archivo no estaba.

—Borraron la grabación —dijo Mariana.

—No toda.

Gabriel accedió a una copia externa.

La pantalla mostró a cuatro técnicos entrando con el equipo.

Salgado los acompañaba.

Detrás de él caminaba Valentina.

Ella observó cómo introducían el colchón.

Después se acercó a uno de los técnicos y le entregó un sobre.

Mariana amplió la imagen.

Dentro del sobre había dinero.

Gabriel no parpadeó.

—¿Su hermana trabaja con Salgado?

—No lo sé.

La grabación continuó.

Cuando todos salieron, Valentina permaneció sola en la habitación.

Se acercó al colchón.

Levantó una esquina.

Y sacó algo del bolsillo.

Un control remoto.

El mismo modelo que activaba las agujas.

Mariana sintió un escalofrío.

Pero antes de que Gabriel pudiera hablar, la puerta se abrió.

Valentina entró sonriendo con una taza de café.

—Buenos días, hermano. Me dijeron que hoy te sentías mejor.

Gabriel bloqueó el teléfono.

—Mucho mejor.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

—Ricardo quiere cambiarte el tratamiento.

—Eso escuché.

Valentina le acarició el cabello.

—Solo queremos que dejes de sufrir.

Gabriel la miró durante varios segundos.

—Lo sé.

Entonces tomó la taza.

Mariana olió un aroma amargo bajo el café.

Demasiado parecido al de las pastillas.

Valentina observó cómo Gabriel acercaba la bebida a sus labios.

Pero antes de que pudiera beber, Esteban apareció en el umbral con el rostro desencajado.

—Gabriel, encontramos el control.

Valentina dejó de sonreír.

Esteban levantó una bolsa transparente.

Dentro estaba el dispositivo.

Y pegada en la parte posterior había una huella ensangrentada.

—No estaba en la habitación de Salgado —continuó—. Estaba escondido dentro de la oficina familiar.

Gabriel dejó la taza lentamente.

—¿Cuál oficina?

Esteban miró a Valentina.

—La de tu padre.

El silencio cayó sobre la habitación.

Su padre llevaba diecisiete años muerto.

Pero Gabriel conocía aquella oficina.

Permanecía cerrada desde el funeral.

O eso había creído.

Entonces Valentina retrocedió hacia la puerta.

Y desde el pasillo se escuchó una voz masculina que ninguno esperaba volver a oír.

—No la culpes, Gabriel.

El color abandonó el rostro del hombre en la cama.

Porque aquella voz pertenecía al único miembro de la familia que oficialmente había muerto junto a su padre.

Su primo Alejandro Montoya.