Aaron me tomó la mano.
—Emily, lo siento.
La retiré.
—No.
—Estaba asustado.
—¿De qué?
Aaron no respondió.
El médico miró sus documentos.
Entonces frunció el ceño.
—Disculpen.
Aaron se tensó.
—¿Qué?
—Hay algo que quizá deberíamos aclarar.
El médico volvió a mirar los resultados.
—La paternidad está confirmada. No existe ninguna duda sobre eso.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Durante el análisis apareció un marcador que normalmente no tendría importancia.
Aaron perdió el color.
Lo noté inmediatamente.
—¿Qué marcador?
El médico me miró.
—Por sí solo no permite sacar conclusiones. Recomendaría una consulta genética si existen antecedentes familiares relevantes.
Me giré hacia Aaron.
—¿Tenemos alguno?
—No.
Respondió demasiado rápido.
—Aaron.
—He dicho que no.
Pero conocía a mi esposo.
Estaba mintiendo.
Esa noche, después de acostar a las niñas, encontré a Aaron sentado en el garaje.
Tenía una vieja caja de fotografías abierta.
—¿Qué buscas?
La cerró de golpe.
—Nada.
—Desde que nació nuestro hijo actúas como si hubieras visto un fantasma.
Aaron se quedó quieto.
Entonces comprendí algo.
—No dijiste que no se parecía a ti porque sospecharas de mí.
Silencio.
—Había otra razón.
Sus ojos se cerraron.
—Emily…
—Dímela.
Tardó casi un minuto.
Finalmente sacó una fotografía.
Aparecía un niño de unos cinco años.
Cabello oscuro.
Ojos grandes.
La misma forma de la boca que nuestro bebé.
—¿Quién es?
Aaron apenas consiguió responder.
—Mi hermano.
Parpadeé.
—No tienes hermanos.
—Eso es lo que te dije.
Sentí frío.
—¿Cómo se llamaba?
—Nathan.
Aaron miró la fotografía.
—Murió cuando yo tenía siete años.
Me senté frente a él.
—¿Por qué nunca me hablaste de él?
—Porque mi familia dejó de hablar de Nathan después de su muerte.
—¿Y qué tiene que ver con nuestro hijo?
Aaron tragó saliva.
—Cuando vi al bebé… vi su cara.
Miré la fotografía otra vez.
El parecido era inquietante.
—¿Por eso pediste la prueba?
Aaron negó lentamente.
—No exactamente.
Entonces sacó un sobre antiguo.
—Mi madre me dio esto cuando nació Lily.
—¿Qué es?
—Un informe médico de Nathan.
Lo abrí.

Había términos que no entendía.
—¿Qué significa?
Aaron tenía los ojos húmedos.
—Nathan tenía una enfermedad genética.
Sentí que se me hundía el pecho.
Instintivamente miré hacia la casa.
Nuestro bebé dormía arriba.
—¿Nuestro hijo puede tenerla?
—No lo sé.
—¿Y nuestras hijas?
Aaron no respondió.
—Aaron.