PARTE 2: EL HIJO QUE TANTO DESEABA

PARTE 2: EL HIJO QUE TANTO DESEABA

Aaron miró al bebé durante varios segundos.

Después levantó los ojos hacia mí.

—No se parece a mí.

Pensé que estaba bromeando.

Acababa de pasar horas de parto. Apenas podía mantener los ojos abiertos y él estaba analizando los rasgos de un recién nacido.

—Aaron, acaba de nacer.

Pero no sonrió.

Miró nuevamente al pequeño.

—Su cabello es demasiado oscuro.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué estás insinuando?

La enfermera que estaba junto a nosotros dejó de acomodar los instrumentos.

Aaron bajó la voz.

—Quiero una prueba de ADN.

El cansancio desapareció de golpe.

—¿Qué?

—Quiero estar seguro.

Lo miré sin reconocer al hombre frente a mí.

Ocho años.

Cinco embarazos.

Cuatro hijas.

Y después de suplicarme durante años por un hijo, lo primero que hacía al tenerlo finalmente en brazos era acusarme de haberlo engañado.

—Dame al bebé.

—Solo estoy diciendo…

—Dámelo.

La enfermera intervino y tomó cuidadosamente al pequeño antes de colocarlo sobre mi pecho.

Aaron se pasó una mano por el cabello.

—No quiero discutir ahora.

—Entonces vete.

—Emily.

—Vete.

Y se fue.


Los siguientes dos días fueron peores.

Aaron regresaba al hospital.

Traía flores.

Preguntaba cómo estaba el bebé.

Pero ya no lo sostenía.

Cuando nuestras hijas llegaron a conocer a su hermano, la mayor, Lily, corrió hacia mí.

—¡Mamá! ¿Papá está feliz?

Miré a Aaron.

Él apartó los ojos.

—Claro que sí —mentí.

Las niñas rodearon la cuna.

—Es pequeñísimo.

—Tiene la nariz de mamá.

—¿Podemos llevarlo a casa hoy?

Aaron se tensó cuando escuchó aquello.

La nariz de mamá.

No la suya.

Aquella noche finalmente exploté.

—¿Qué esperabas exactamente?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Lo miré.

—Esperabas una copia de ti mismo.

Aaron guardó silencio.

—Querías un hijo para llevar tu apellido. Para parecerse a ti. Para demostrar algo.

—No conviertas esto en otra cosa.

—¿En qué debería convertirlo? Porque llevas dos días mirando a nuestro bebé como si fuera evidencia de un crimen.

Aaron apretó la mandíbula.

—Haz la prueba y terminamos con esto.

Lo observé durante unos segundos.

—Bien.

Su expresión se relajó.

—Pero habrá una condición.

—¿Cuál?

—Cuando confirme que es tu hijo, iremos a terapia.

—Emily…

—Y jamás volverás a tratar a nuestras hijas como cuatro intentos fallidos antes de conseguir al niño correcto.

Aaron palideció.

—Nunca he hecho eso.

—Entonces no tendrás problema en demostrarlo.


La prueba se realizó.

Esperamos cuatro días.

Aaron estuvo extraño durante todos ellos.

Dormía poco.

Revisaba el teléfono constantemente.

Y dos veces lo escuché hablando en voz baja con su madre.

El cuarto día recibimos la llamada.

—Los resultados están disponibles.

Aaron quiso ir solo.

Me negué.

Nos sentamos juntos frente al médico.

Nuestro hijo dormía en mis brazos.

—La prueba confirma una probabilidad de paternidad superior al 99,9 %.

Aaron soltó el aire.

Yo no.

No sentí satisfacción.

Solo tristeza.

—¿Ya está? —pregunté.