—Entonces debería ver esto.
En pantalla apareció una página corporativa.
Una fotografía antigua mostraba a Gwen junto a un hombre de cabello plateado.
Debajo había una descripción.
Gwendolyn Crawford, única hija de Arthur Crawford y beneficiaria principal del fideicomiso familiar.
Cassandra leyó dos veces.
—¿Beneficiaria?
Patricia se dejó caer en una silla.
Spencer parecía incapaz de hablar.
El abogado continuó:
—Arthur Crawford no desheredó a su hija.
—Eso es imposible.
—Ella simplemente dejó de ejercer sus derechos.
Spencer sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante seis años había llamado mantenida a una mujer cuya participación familiar valía más que toda Albright Enterprises.
Pero el director financiero todavía no había terminado.
—Hay otro problema.
—¿Cuál?
Giró la pantalla.
—Nos llegó una notificación. Mañana habrá una auditoría extraordinaria.
Spencer perdió el color.
Patricia lo vio.
Y comprendió algo.
—¿Por qué estás tan asustado?
—No lo estoy.
—Spencer.
Su madre se levantó.
—¿Qué hiciste?
Él no respondió.
Entonces Cassandra comenzó a retroceder.
—Dios mío… Gwen tenía razón.
Todos la miraron.
Cassandra se llevó una mano a la boca.
—¿Qué sabes? —preguntó Patricia.
—Nada.
—Cassandra.
Ella agarró su bolso.
—Tengo que irme.
Spencer bloqueó la puerta.
—No vas a ninguna parte.
En el hospital, Thomas recibió un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gwen.
—Nuestros investigadores recuperaron un correo eliminado de Albright Enterprises.
—¿Sobre las firmas falsas?
—No.
Thomas levantó la mirada.
—Sobre usted.
Le entregó la tableta.
El correo había sido enviado seis años atrás.
Exactamente tres semanas antes de la boda de Gwen y Spencer.
Había una fotografía suya adjunta y una frase:
“La heredera confía completamente en él. Después del matrimonio tendremos acceso.”
Gwen sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿Quién lo envió?
Thomas señaló el remitente.
Gwen leyó el nombre.
Y todo el aire abandonó sus pulmones.
Porque no pertenecía a Spencer.
Ni a Patricia.
Ni siquiera a Cassandra.
Era alguien de su propia familia.
En ese momento, la puerta se abrió.
Thomas se puso de pie inmediatamente.
Gwen levantó la mirada.
Un hombre alto, de cabello completamente blanco, permanecía en el umbral.
Su padre.
Arthur Crawford miró primero a Hazel.
Después a Gwen.
Pero antes de que pudiera abrazarla, dijo cinco palabras que hicieron que su hija comprendiera que la verdadera traición apenas comenzaba: