Yo traía los mismos zapatos desde hacía seis años.
Mis cosas de oro se fueron una por una, “para la familia”.
La medallita que me dio Beto ahora la traía mi suegra en el cuello.
Tengo cáncer de mama. Once meses ya.
Me dieron dos quimios. Después me dijeron que ya no había dinero.
En las noches dormía en el cuartito del patio. Con candado. Por fuera.
“Es para las herramientas”, les decía a los vecinos.
El día que se me empezó a caer el pelo, la Chayo sacó la máquina de rapar al patio.
Y me grabó. Riéndose.
Subió el video a un grupo privado.
Atrás se oye a mi suegra: “Rápala bien, así ya no gasta champú.”
Ese día del patio, Beto puso la maleta en el suelo, me miró a los ojos y le preguntó a su mamá dónde estaba su esposa.
Nadie contestó.
Se acercó. Me miró de verdad. Vio la medallita en el cuello de su mamá.
—Eres tú.
No le contesté.
—Sofía. Eres tú.
Mi suegra salió limpiándose las manos en el mandil.
—¡Mijo! Hubieras avisado—
—Por qué come en el suelo.
—Le dan crisis. Rompe todo. Hacemos lo que podemos.
Llegó la Chayo, con un vaso en la mano, estrenando vestido.
—De verdad, si supieras lo que aguantamos—
—Por qué hay un candado en esa puerta.
Nadie contestó.
Abrió el cuartito. Mi colchón en el suelo. El pasador, por dentro, todo rayado.
Salió blanco.
Mi suegra levantó la barbilla.
—La mantuvimos. La dimos de comer. La aguantamos mientras tú estabas tranquilo allá.
—Tranquilo.
Se subió la manga. Quemaduras hasta el codo.
—De todo lo que mandé, cuánto fue para su quimio. Cuánto.
Ella se acomodó el suéter.
—Había que ver si valía la pena. Los doctores decían que ya estaba perdida.
—La doctora dijo que todavía podía responder.
—No había garantía.
La Chayo me puso una mano en el hombro. Me hice para atrás.
—Perdón, cuñada. Estuvo difícil para todos.
—Para ti no. Tú estrenabas vestidos mientras yo vomitaba sola.
Saqué el cuaderno de la bolsa del mandil.
Mi suegra lo reconoció. Estiró la mano.
No se lo di.
Beto lo leyó. Hoja por hoja.
Plato roto: ochenta pesos. Comida echada a perder: cuarenta. Día que no trabajó por la quimio: trescientos. Rapada: cien.
Hasta abajo, lo que yo le “debía” a la familia: catorce mil pesos.
Soltó el cuaderno.