Llegué a casa de mis futuros suegros pensando que iba a conocer a una familia respetable, pero encontré a mi cuñada con moretones y un plato de arroz aguado. “Si vas a casarte con él, necesitas ver esto”, escribió en una nota que escondió en mi mano. A las 10 regresé sin avisar y saqué mi teléfono… porque yo podía ser la siguiente.

Llegué a casa de mis futuros suegros pensando que iba a conocer a una familia respetable, pero encontré a mi cuñada con moretones y un plato de arroz aguado. “Si vas a casarte con él, necesitas ver esto”, escribió en una nota que escondió en mi mano. A las 10 regresé sin avisar y saqué mi teléfono… porque yo podía ser la siguiente.

“Regresa a las 10. Entrada lateral. No hagas ruido. Necesitas verlo antes de casarte.”

A las 9:15 ya estaba otra vez dentro de mi coche.

A las 10 en punto me escondí detrás del muro lateral de la residencia.

Entonces escuché un golpe.

Después, un gemido.

Miré por una abertura del portón.

Lucía estaba de rodillas en el piso de una bodega.

Beatriz sostenía una vara delgada.

Y sentado frente a ellas, fumando con absoluta tranquilidad, estaba Mauricio.

—No vuelvas a acercarte a Daniela —dijo él—. Ella es nuestra oportunidad para salir de esta deuda.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Beatriz levantó nuevamente la vara.

—Cuando Daniela firme, su empresa también será de esta familia. Después aprenderá exactamente lo mismo que tú.

Mauricio sonrió.

—Daniela confía en mí. En cuanto nos casemos, voy a controlar sus cuentas.

Me llevé una mano a la boca para no gritar.

El hombre con quien iba a casarme no estaba viendo cómo torturaban a una mujer.

Estaba ayudando a preparar a la siguiente.

Y esa mujer era yo.

Pero mientras retrocedía en silencio hacia mi coche, tomé una decisión que ninguno de ellos esperaba.

No cancelaría la boda.

Todavía no.

Porque aquella familia estaba esperando una víctima.

Y yo acababa de decidir convertirme en su peor error.

No podían imaginar lo que estaba a punto de hacer.

PARTE 2

A la mañana siguiente Mauricio me llamó como siempre.

—Buenos días, futura señora Alcázar.

Tuve que contener las náuseas.

—Buenos días, amor.

Incluso pregunté por Lucía.

Mauricio respondió sin vacilar:

—Tiene problemas emocionales desde hace años. Mi familia hace todo por ayudarla.

Mentía con una facilidad aterradora.

Colgué y llamé inmediatamente a Esteban Ríos, abogado corporativo y uno de los pocos hombres en quienes confiaba completamente.

Le pedí investigar discretamente a Grupo Alcázar, a Mauricio, a Ernesto y, sobre todo, a Lucía.

48 horas después teníamos una primera respuesta.

La riqueza de los Alcázar era una fachada.

Su empresa tenía créditos vencidos, propiedades hipotecadas 2 veces y millones de pesos comprometidos en proyectos prácticamente insolventes. Ernesto, además, había acumulado enormes deudas relacionadas con apuestas.

Pero la historia de Lucía era peor.

Antes de casarse con Rodrigo Alcázar, Lucía Mendoza era hija de un empresario textil de Puebla.

Su familia había tenido una compañía rentable.

Después del matrimonio, Rodrigo convenció al padre de Lucía de garantizar varios créditos del Grupo Alcázar.

Los préstamos crecieron.

Las garantías también.

Finalmente la fábrica quebró.

El padre de Lucía sufrió un derrame cerebral.

Rodrigo desapareció del país 3 años después, involucrado en una investigación por fraude.

Y Lucía quedó atrapada.

Los Alcázar controlaban documentos firmados a su nombre y pagaban parte de los cuidados médicos de su padre. Cada vez que ella amenazaba con irse, le recordaban que podían dejarlo sin tratamiento.

Comprendí entonces por qué había soportado tanto.

También comprendí lo que planeaban conmigo.

Mi compañía tenía contratos sólidos, cuentas limpias y varias propiedades comerciales.

Yo era exactamente lo que necesitaban para conseguir nuevos créditos.