Una semana después, Mauricio y Beatriz me invitaron a cenar en Polanco.
Antes del postre apareció el tema.
—Queremos adelantar la boda —dijo Beatriz—. Ya eres parte de nuestra familia.
Mauricio tomó mi mano.
—Y podríamos integrar tu empresa al grupo. Sería más eficiente manejar todo juntos.
Fingí emocionarme.
—¿Integrarla cómo?
—Un convenio de administración y garantías cruzadas. Yo podría representar tus activos ante los bancos. Tú dejarías de preocuparte por asuntos financieros.
Ahí estaba.
El mismo mecanismo utilizado contra Lucía.
Sonreí.
—Prepáralo. Podemos firmarlo el día de la boda.
Los ojos de Mauricio brillaron.
Creyó que había ganado.
Lo que no sabía era que Esteban ya estaba revisando cada movimiento.
Dos días después conseguí encontrarme con Lucía aprovechando que Beatriz salía todas las tardes de jueves.
Cuando me vio entrar por la zona de servicio, casi gritó.
—¡Daniela, estás loca! Si descubren que viniste…
—Los vi aquella noche.
Lucía se quedó inmóvil.
Le conté lo que había averiguado sobre su padre y las deudas.
Entonces comenzó a llorar.
—Me quitaron todo —susurró—. Mi esposo fue el primero. Cuando ya no quedó dinero, huyó. Su madre me dijo que si denunciaba, mi papá terminaría en la calle.
Le tomé las manos.
—No voy a casarme con Mauricio.
Lucía me miró confundida.
—Entonces huye.
—No.
Saqué un teléfono sencillo y se lo entregué.
—Voy a hacer que crean que la boda sigue adelante. Tú me ayudarás a reunir pruebas. Cuando esto termine, sacaré a tu padre de donde ellos puedan alcanzarlo.
Por primera vez vi algo distinto en sus ojos.
Rabia.
Durante las siguientes semanas, Lucía fotografió pagarés, contratos y registros financieros que encontraba mientras limpiaba el despacho de Ernesto. Yo entregaba cada archivo a Esteban.
También conseguimos grabaciones de amenazas y varios episodios de violencia.
El golpe definitivo llegó un domingo.
Lucía encontró dentro de una caja fuerte un expediente con documentos originales de la quiebra de su familia y movimientos bancarios que vinculaban a Ernesto con operaciones fraudulentas.
Esa misma noche entregamos copias certificadas y grabaciones a las autoridades.
Todo estaba listo.
O eso creía.
3 días antes de la boda, Mauricio apareció inesperadamente en mi departamento.
Tenía los ojos rojos.
—Daniela, necesito que firmes ahora.
—¿Ahora?
—El banco cerrará nuestra línea de crédito mañana. Solo necesito usar tu empresa como garantía durante 90 días.
Cuando le dije que mi consejo debía aprobarlo, su expresión cambió.
Me sujetó de la muñeca con tanta fuerza que me dejó marcas.
Durante 3 segundos vi al verdadero Mauricio.
Después me soltó.
—Perdóname… estoy desesperado.
Se marchó.
Yo miré la marca roja sobre mi piel.
Y sonreí con amargura.
Porque Mauricio acababa de regalarme la última prueba que necesitaba.
La boda seguiría adelante.
Habría 300 invitados.
Empresarios, familiares, socios, periodistas y personas frente a quienes los Alcázar habían construido durante décadas su reputación.
Ellos creían que aquel día iban a quedarse con mi empresa.
No sabían que yo había preparado algo completamente distinto para el momento en que Mauricio dijera: “Acepto”.
Y una vez que empezara, ya nadie podría detenerlo.
PARTE 3
La mañana de mi boda desperté a las 5:40 sin necesidad de alarma.
No estaba nerviosa.
Tampoco feliz.
Sentía una calma extraña, casi fría.
Mientras la maquillista trabajaba frente al espejo de mi habitación en el hotel, observé mi vestido blanco extendido sobre la cama.
Meses antes había imaginado que me lo pondría para empezar una familia.
Ahora sabía que iba a usarlo para enterrar una mentira.
La ceremonia y la recepción se realizarían en un hotel de lujo de Santa Fe.
Los Alcázar habían insistido en organizar algo enorme.
Beatriz quería fotógrafos, empresarios, antiguos alumnos suyos, contactos políticos y ejecutivos financieros.
—Una boda habla del nivel de una familia —repetía.
Por primera vez agradecí su obsesión con las apariencias.
Cuantos más testigos hubiera, mejor.
A las 11 recibí un mensaje de Esteban:
“Todo presentado. Solo falta activar el segundo paso.”
Después llegó otro.
Era Lucía.
“Estoy fuera. Mi papá ya está seguro.”
Cerré los ojos unos segundos.
Dos días antes habíamos trasladado a su padre a otra clínica y pagado por adelantado varios meses de atención. Los Alcázar ya no podían utilizarlo como rehén.
A las 4 de la tarde comenzó la ceremonia.
Mauricio me esperaba sonriendo.
Traje impecable.