PARTE 1
—Después de casarnos, ya no tendrás necesidad de trabajar tanto. Mauricio puede encargarse de tu empresa y tú podrás dedicarte a tu marido, a tu casa y, con suerte, a darnos un nieto.
Doña Beatriz sonrió al decirlo, como si acabara de ofrecerme el futuro perfecto.
Yo también sonreí.
Pero menos de una hora después encontraría a su otra nuera comiendo arroz frío mezclado con agua, con los brazos cubiertos de moretones.
Me llamo Daniela Salgado, tenía 29 años y llevaba 6 construyendo una agencia de publicidad y producción de eventos en Ciudad de México. Había empezado con una laptop prestada y 2 clientes pequeños; ahora empleaba a 46 personas.
Por eso, aunque amaba a Mauricio Alcázar, nunca entendí su insistencia en que abandonara todo después de la boda.
Aquella tarde de noviembre fui por primera vez a conocer formalmente a sus padres en su residencia de Interlomas.
Su madre, Beatriz, era profesora universitaria jubilada. Su padre, Ernesto, un empresario conocido en ciertos círculos financieros. Mauricio siempre describía a su familia como culta, tradicional y unida.
La casa parecía confirmarlo: muebles impecables, cuadros costosos, una biblioteca enorme y fotografías familiares perfectamente acomodadas.
Hasta que apareció Lucía.