Llegué a casa de mis futuros suegros pensando que iba a conocer a una familia respetable, pero encontré a mi cuñada con moretones y un plato de arroz aguado. “Si vas a casarte con él, necesitas ver esto”, escribió en una nota que escondió en mi mano. A las 10 regresé sin avisar y saqué mi teléfono… porque yo podía ser la siguiente.

Llegué a casa de mis futuros suegros pensando que iba a conocer a una familia respetable, pero encontré a mi cuñada con moretones y un plato de arroz aguado. “Si vas a casarte con él, necesitas ver esto”, escribió en una nota que escondió en mi mano. A las 10 regresé sin avisar y saqué mi teléfono… porque yo podía ser la siguiente.

Era la esposa de Rodrigo, el hermano mayor de Mauricio, quien supuestamente llevaba semanas viajando por negocios.

Lucía tendría unos 34 años. Llegó cargando una charola con café, vestida con un pants viejo que contrastaba brutalmente con aquella casa millonaria.

Cuando dejó mi taza, su manga se levantó.

Vi marcas moradas alrededor de su muñeca.

—¿Te lastimaste? —pregunté.

Lucía palideció.

—Me caí.

Beatriz intervino inmediatamente:

—Es muy distraída. Lucía siempre ha sido así.

Durante la cena pregunté por qué ella no se sentaba con nosotros.

Mauricio explicó que tenía gastritis y seguía una dieta especial.

Algo no me convenció.

Inventé que necesitaba salsa y bajé a la cocina.

Allí la encontré.

Lucía estaba sentada sola en un banquito de plástico, frente a un plato despostillado. No había dieta especial. Solo arroz frío empapado en agua y unas cuantas verduras.

Cuando me acerqué, ella escondió los brazos.

—Lucía… ¿qué está pasando aquí?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Nada. Por favor, Daniela. Regresa al comedor.

—Esas marcas no son de una caída.

Escuchamos la voz de Beatriz llamándome desde arriba.

Lucía comenzó a temblar.

—Vete.

Regresé fingiendo normalidad, pero desde ese momento cada sonrisa de Mauricio empezó a parecerme diferente.

A las 8:30 me despedí.

Mientras Mauricio iba por el auto, Lucía pasó junto a mí cargando una bolsa de basura. Sin mirarme, tomó mi mano y metió algo entre mis dedos.

Era un pedazo de papel doblado.

Lo guardé antes de que Beatriz pudiera verlo.

No lo abrí hasta llegar a mi departamento.

Solo decía: