Ya no necesitaba un símbolo para recordar quién había sido ni quién era ahora.
Había cometido errores.
Había pagado por ellos.
Había sobrevivido a la humillación, al miedo, al juicio público y a su propia culpa.
Y había entendido algo que nadie de la familia Alcántara pudo enseñarle:
La dignidad no consiste en vencer a quien te hizo daño.
Consiste en llegar al día en que ya no necesitas destruirlo para sentirte libre.
Mariana cruzó la calle mientras el cielo empezaba a despejarse.
Esta vez no miró hacia atrás.