PARTE 1
—¡Pídele perdón a mi hermana o te vas de esta casa ahora mismo!
La voz de Rodrigo Alcántara retumbó en el comedor de la enorme residencia familiar en Lomas de Chapultepec. Apenas habían pasado tres días desde la boda y su esposa, Mariana Torres, ya estaba rodeada por tres personas que la miraban como si fuera una intrusa: su marido, su suegra Teresa y Fernanda, la hermana menor de Rodrigo.
Todo había comenzado con una olla de sopa de mariscos. Mariana llevaba desde el amanecer cocinando para agradarles. Había comprado robalo fresco en La Nueva Viga, preparado un consomé ligero para Teresa y encargado el postre favorito de Fernanda. Quería demostrar que, aunque venía de una familia trabajadora de Puebla, no era la muchacha “sin clase” que su suegra insinuaba desde que Rodrigo anunció el compromiso.
Cuando Mariana llevó la sopa a la mesa, Fernanda se levantó justo a su lado y golpeó su brazo.
La olla se inclinó.
Mariana consiguió sostenerla antes de que todo cayera sobre alguien, pero una parte del caldo terminó en la alfombra y unas gotas mancharon el vestido de Fernanda.
—¡Mira lo que hiciste! —gritó ella—. ¡Es de diseñador!
—Tú me empujaste —respondió Mariana, todavía temblando.
Fernanda se llevó una mano al pecho.
—¿Yo? ¿Ahora resulta que también soy mentirosa?
Teresa soltó una risa seca.
—Rodrigo, te advertí que una mujer puede ponerse un vestido caro, pero la educación no se compra.
Mariana sintió que algo se rompía dentro de ella. Desde que llegó a esa casa, había soportado comentarios, órdenes disfrazadas de consejos y pequeñas humillaciones. Teresa la obligó a recoger la casa todavía con el vestido de novia puesto. Fernanda entró a su recámara sin permiso y tomó un broche que había pertenecido a la madre de Mariana. Cuando ella reclamó, Rodrigo le pidió “no hacer un drama”.
Pero esa noche fue diferente.
—No voy a disculparme por algo que no hice —dijo Mariana.
Rodrigo se puso de pie.