Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a iluminar la base cuando el coronel Richard Maddox firmó el último documento.
—Procesen la baja inmediatamente.
Empujó la carpeta sobre el escritorio con una sonrisa de satisfacción.
—Cuando termine el día, nadie volverá a pronunciar su nombre.
En la pequeña oficina donde permanecía retenida, la comandante Victoria Reyes observó tranquilamente el reloj.
05:57.
David Park le había pedido exactamente seis horas.
Ya casi terminaban.
Donovan abrió discretamente la puerta.
—¿Está lista?
Victoria sonrió apenas.
—Siempre.
En ese instante, un operador de comunicaciones irrumpió corriendo por el pasillo.
—¡Señor!
Maddox levantó la cabeza, irritado.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos múltiples aeronaves aproximándose desde el este.
—¿Cuántas?
El soldado miró nuevamente la pantalla del radar.
Su voz tembló.
—Cuarenta.
Toda la sala quedó en silencio.
Maddox frunció el ceño.
—¿Ejercicio programado?
—No, señor.
—¿Entrenamiento conjunto?
—Negativo.
—Entonces comuníquese con ellos.
El operador obedeció inmediatamente.
—Aeronaves no identificadas, esta es la Base Aérea Liberty. Identifíquense.
Solo hubo estática.
Cinco segundos después llegó una respuesta.
—Grupo Especial Conjunto Atlas. Solicito autorización inmediata para aterrizaje prioritario.
El rostro de Maddox perdió el color.
Atlas.
Aquella unidad no respondía al ejército convencional.
Solo intervenía bajo autorización del más alto nivel operativo.
—¿Quién autorizó esto? —preguntó.
Nadie respondió.
Porque nadie lo sabía.
En el exterior, el cielo comenzó a oscurecerse.
No por las nubes.
Por los helicópteros.
Uno tras otro aparecieron sobre la pista.
Black Hawk.
Chinook.
MH-47.
MH-60.