Una anciana me pidió que me casara con ella antes de morir. 3 días después de la boda, falleció. En el funeral, su abogado me entregó la vieja bolsa de hospital que ella había protegido durante años y susurró: “Ella te eligió por una razón”.

Una anciana me pidió que me casara con ella antes de morir. 3 días después de la boda, falleció. En el funeral, su abogado me entregó la vieja bolsa de hospital que ella había protegido durante años y susurró: “Ella te eligió por una razón”.

PARTE 1

—Cásate conmigo antes de que me muera.

Eso fue lo primero que dijo doña Elvira aquella tarde, con la voz quebrada y los ojos más firmes que nunca, mientras el monitor del hospital marcaba su respiración lenta, cansada, casi prestada.

Nadie en la habitación supo qué contestar.

Mateo se quedó inmóvil junto a la cama, con el uniforme azul del asilo todavía manchado de cloro y café. Tenía 34 años, trabajaba como auxiliar en una casa de descanso en las afueras de Querétaro y jamás imaginó que una mujer de 82 años, a la que le llevaba té de manzanilla todas las noches, le pediría algo así.

Doña Elvira Reyes era difícil. Todos en el asilo lo sabían.

No le gustaba la sopa tibia, regañaba a las enfermeras si le hablaban como niña, corregía la ortografía de los avisos pegados en la pared y decía que los hijos malagradecidos eran peor que la humedad: se metían en las paredes y destruían todo en silencio.

Pero con Mateo era distinta.

Al principio solo lo llamaba para que le acomodara la almohada o le acercara su rebozo gris. Después empezó a esperarlo junto a la ventana, como si su turno fuera lo único importante del día.

—Llegas 6 minutos tarde, joven —le decía, mirando el reloj.

—Pero le traje su pan dulce favorito.