Alejandro se dejó caer en el asiento junto a ella.
—Deberías haberme llamado antes —dijo con suavidad.
—No quería molestarte.
Él la miró con tristeza tranquila.
—Mariana, también es mi hijo. Y tú… ya no tienes que cargar con todo sola.
Ella apretó la taza.
—Me acostumbré a hacerlo.
—Entonces déjame ayudarte a romper el hábito.
Mariana estudió su rostro. La dureza que antes habitaba en sus ojos se había suavizado. El cansancio seguía ahí, sí, pero debajo algo pequeño y cálido estaba abriéndose camino de regreso.
Un año después de aquella llamada, Mateo cumplió cuatro años.
La celebración fue modesta: en el patio trasero de Mariana, con globos azules, una piñata de dinosaurio y una mesa con gelatina, tamales y pastel de tres leches.
Alejandro llegó temprano para ayudar. Colgó decoraciones, puso sillas y terminó lleno de confeti cuando Mateo por fin rompió la piñata.
Ya entrada la tarde, cuando los últimos invitados se habían ido, Mateo se acercó corriendo a sus padres con la cara manchada de pastel.
—Mamá, papá… ¿mañana también van a estar juntos?
Mariana y Alejandro se miraron.
Nadie respondió de inmediato.
Mateo bajó la mirada y abrazó a su dinosaurio de peluche.
—Me gusta cuando estamos los tres juntos.
A Mariana se le hizo un nudo en la garganta.
Alejandro se agachó hasta la altura del niño.
—Mañana vengo a desayunar contigo, campeón. Y pasado mañana también. Si tu mamá me deja.
Mateo se volvió a mirar a Mariana.
—¿Sí, mami?
Ella se quedó quieta un momento. Luego asintió ligeramente.
—Sí.