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Llegó al café temprano aquella tarde. El lugar conservaba el mismo ambiente tranquilo, el mismo piano instrumental flotando en el aire que a Mariana siempre le había encantado. Pidió un café de 45 pesos y se sentó junto a la ventana, observando la calle.
Pasó casi media hora antes de que Mariana entrara. Seguía siendo la misma mujer menuda, con el cabello recogido en la nuca, vestida con un sencillo vestido azul claro. Sin embargo, algo en sus ojos había cambiado: el cansancio que antes habitaba en ellos había desaparecido. Se la veía serena, luminosa, en paz consigo misma.
—¿Esperaste mucho? —preguntó con una leve sonrisa.
—No… —Alejandro dudó—. Ese regalo que mencionaste… ¿qué es?
Mariana no respondió de inmediato. En cambio, dirigió la mirada hacia el ventanal, observando el área de juegos infantiles junto al café. Un niño de unos dos años y medio se deslizaba feliz por el tobogán, riendo de vez en cuando. Entonces lo llamó con suavidad:
—Mateo, ven, hijo.
El niño se giró. Sus grandes ojos negros brillaban con inocencia. Miró a Mariana y luego a Alejandro. Se quedó quieto unos segundos, pero de repente sonrió ampliamente, corrió hacia él con sus torpes pasitos y alzó los brazos, como si lo conociera de toda la vida.
—Esto… esto es… —tartamudeó Alejandro, mientras todo su cuerpo temblaba y su corazón golpeaba con fuerza en el pecho.
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Mariana bajó la mirada, respiró hondo y alzó al niño en brazos.
—Se llama Mateo —dijo suavemente—. Tiene dos años y siete meses.