Todos se burlaban de la novia abandonada… hasta que él caminó al altar y dijo: “¡Yo me caso con ella!”

Todos se burlaban de la novia abandonada… hasta que él caminó al altar y dijo: “¡Yo me caso con ella!”
Parte 2: Valeria leyó el mensaje 3 veces. Diego vio cómo su rostro cambiaba del agotamiento al miedo.
—¿Quién lo mandó?
—No sé.
El número no tenía foto ni nombre. Solo esa frase, como una piedra lanzada desde la oscuridad. Diego quiso decirle que descansara, que nada podía empeorar esa noche, pero no mintió. La vida ya le había enseñado que siempre podía empeorar.
Al día siguiente, el video se volvió viral en México. Las páginas de chismes lo bautizaron como el novio de emergencia. Algunos llamaban héroe a Diego. Otros decían que era un oportunista. En la oficina, todos fingían trabajar mientras hablaban de ellos por WhatsApp.
Valeria entró a Grupo Noria con la espalda recta.
—Mi vida privada no es junta de obra —dijo en la sala de juntas—. Si alguien tiene dudas sobre proyectos, las respondo. Si quiere morbo, que lo busque en otro lado.
Diego la miró con una admiración silenciosa. No era débil. Estaba herida, pero no era débil.
Durante las semanas siguientes, Valeria se quedó en su departamento. Primero como huésped. Luego como compañera de rutina. Diego dormía en el sofá. Ella dejaba notas en el refrigerador.
—Hay tortas en el refri. No vuelvas a comer solo café.
Él le preparaba té de manzanilla por las noches. Ella acomodaba sus planos por cliente. A veces cenaban quesadillas compradas en la esquina. A veces hablaban de la vida que no salió.
Valeria le contó que su madre cosía vestidos para vecinas en Iztapalapa y que su abuela le enseñó a bordar porque, según decía, las manos también podían defender la dignidad. Diego le habló de Lucía, no como una sombra entre ellos, sino como una habitación cerrada de su pasado.
Una noche, Valeria miró la foto junto a la ventana.
—Era bonita.
—Sí.
—¿Todavía la quieres?
Diego tardó en responder.
—Una parte de mí siempre la va a querer. Pero no vivo ahí. Solo no he sabido cómo apagar la luz.
Valeria no se puso celosa. Solo tocó el marco con cuidado.
—No tienes que apagarla para querer vivir.
Después de eso, algo cambió. Ya no eran 2 náufragos fingiendo calma. Se empezaron a elegir en pequeñas cosas. Ella dibujaba interiores en servilletas; él le compró lápices profesionales aunque no le sobraba el dinero. Ella protestó.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé. Por eso cuenta.
A los 3 meses, fueron a comer a casa de los padres de Valeria. Don Ernesto, mecánico jubilado, no sonrió mucho, pero le sirvió a Diego doble porción de mole.
Al final de la comida, dejó el tenedor.
—Dime la verdad, muchacho. ¿Te aprovechaste del dolor de mi hija?
La mesa quedó muda.
Diego pudo adornar la respuesta. No lo hizo.
—No. Pero sí la quería desde antes, aunque nunca se lo dije. Ese día no pensé en ganar nada. Solo no soporté verla humillada.
La madre de Valeria se limpió los ojos. Don Ernesto miró a su hija.
—Aceptar ayuda no te hace menos fuerte. Fuerte fue seguir de pie cuando todos querían verte rota.
Esa noche, al volver al departamento, Valeria se detuvo junto a la puerta.
—Quiero intentarlo de verdad.
Diego sintió miedo y esperanza al mismo tiempo.
—Yo también.
—Pero despacio. Sin deudas. Sin gratitud disfrazada de amor.
—Sin deudas.
Su primer beso real ocurrió en la cocina, bajo un foco viejo, mientras afuera llovía sobre la ciudad.
Durante 6 meses construyeron una vida pequeña pero limpia. Se mudaron a un departamento un poco más grande en Narvarte, con un cuarto para los bocetos de Valeria. Ella empezó a tomar proyectos de diseño interior. Diego se inscribió a clases nocturnas de gestión de proyectos.
Entonces Sebastián volvió.
Apareció en la recepción de Grupo Noria con saco caro, reloj brillante y esa sonrisa de hombre acostumbrado a comprar disculpas.
—Vengo a ver a mi prometida.
Diego se acercó.