Sentí un vacío en el estómago.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que tengamos que investigar más antes de sacar conclusiones.
Mi teléfono volvió a sonar.
Papá.
Esta vez contesté.
—¿Desde cuándo Dominic te paga?
Silencio.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícamelo.
—Son negocios.
—¿Qué negocios?
Colgó.
Cinco minutos después recibí un mensaje de mi madre:
“Por favor, no entregues esos documentos. Podemos hablar como familia.”
Miré aquellas palabras durante mucho tiempo.
Ayer yo había necesitado una familia.
Ellos habían elegido una casa.
Ahora necesitaban mi silencio.
Y yo ya había elegido.
Entregué el teléfono a Rachel.
—Inclúyelo todo.
Tres días después me trasladaron fuera de cuidados intensivos.
Dominic seguía sin poder acercarse.
Mis padres habían perdido la aprobación hipotecaria.
Y la junta directiva había convocado una reunión extraordinaria después de recibir la notificación de mi participación accionaria.
Pero el verdadero golpe llegó esa tarde.
Rachel entró en mi habitación sosteniendo la carpeta de seguros.
—Encontramos algo.
—¿Qué?
Se sentó frente a mí.
—Dominic contrató una póliza sobre tu vida hace catorce meses.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Quién es el beneficiario?
Rachel giró lentamente el documento hacia mí.
Leí el nombre.
No era Dominic.
Era mi padre.

Y en ese instante comprendí que el problema nunca había sido solamente mi matrimonio.
Mis padres no me habían dicho que regresara con Dominic porque ignoraran lo que estaba ocurriendo.
Había una posibilidad mucho peor.
Tal vez sabían exactamente con qué clase de hombre me estaban enviando de vuelta.