—Por favor.
La vecina tomó suavemente la mano de la niña.
Cuando salieron, Mary volvió a mirarme.
—¿Cómo me encontraste?
—No te encontré a ti. Ella me encontró a mí.
Mary palideció.
Le enseñé la fotografía.
—La llevaba en su bolso.
Su expresión cambió.
No parecía sorprendida.
Parecía aterrorizada.
—Devuélvemela.
—¿Por qué tiene Lauren una fotografía nuestra?
—No tienes derecho a preguntar.
—Quizá sí.
Mary soltó una risa amarga.
—¿Derecho?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te esperé once meses.
No pude hablar.
—Cada mañana pensaba que ese sería el día en que llamarías. Cada vez que alguien subía las escaleras pensaba que eras tú. Después vi tu rostro en una revista de negocios.
Bajé la mirada.
—Mary…
—Decías que solo necesitabas una oportunidad. La conseguiste. Y entonces decidiste que yo pertenecía a la parte pobre de tu vida que querías olvidar.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
No tenía una respuesta que pudiera borrar seis años.
Había conseguido mi primera inversión.
Después otra.
Los meses se convirtieron en años.
Y cuanto más éxito alcanzaba, más vergüenza sentía de regresar y admitir cuánto tiempo había dejado pasar.
Había convertido mi cobardía en abandono.
—¿Lauren es mi hija?
Mary se quedó completamente inmóvil.
El monitor junto a su cama continuó marcando cada latido.
—Vete.
—Solo dime la verdad.
—¡Vete!
La puerta se abrió.
Una enfermera entró alarmada.
Retrocedí inmediatamente.
—Está bien. Me voy.
Antes de salir, miré a Mary.
—Pero Lauren no volverá a dormir en la calle.
Mary giró el rostro hacia la ventana.
—Siempre creíste que el dinero podía arreglarlo todo.
Aquellas palabras me acompañaron hasta el pasillo.
La señora Higgins estaba sentada con Lauren.
—¿Puedo hablar con usted?
Ella asintió.
Lauren se quedó dibujando mientras nos alejábamos unos metros.
—¿Mary alguna vez habló de mí?
La señora Higgins tardó en responder.
—No mucho.
—Pero sabe quién soy.
—Sé que usted es la razón por la que guardó esa fotografía durante años.
Eso dolió.
—¿Lauren es…?
—Eso debe preguntárselo a Mary.
—Lo hice.
—Entonces ya sabe por qué no respondió.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
La señora Higgins miró hacia Lauren.
—Mary no terminó en esa situación solamente porque perdió su apartamento.
Sentí que algo cambiaba.
—Explíquese.
—Hace unos meses empezó a recibir cartas.
—¿Qué cartas?
—No lo sé. Después aparecieron hombres preguntando por ella.
—¿Qué hombres?
—Nunca los había visto.
La señora Higgins bajó la voz.
—Pero preguntaban específicamente por el padre de Lauren.
Sentí un frío recorrerme.
—¿Qué les dijo Mary?
—Nada. Después de eso empezó a tener miedo.
—¿Y la caída?