Durante varios segundos no pude apartar los ojos de aquella fotografía.
Yo estaba allí.
Mucho más joven. Mucho más pobre. Mucho más ingenuo.
Mary estaba abrazada a mi cintura frente al pequeño apartamento donde habíamos vivido nuestros últimos meses juntos. Yo llevaba la chaqueta gris que había comprado de segunda mano para mi primera reunión con inversionistas.
Recordaba perfectamente aquella fotografía.
Lo que no recordaba era haberle dejado una copia.
—¿Ese eres tú? —preguntó Lauren.
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí.
—Mami dice que eras su amigo.
La señora Higgins me miró de inmediato.
—¿Su amigo?
No contesté.
Había una pregunta mucho más aterradora creciendo dentro de mí.
Miré a Lauren otra vez.
Cinco años.
Yo había abandonado Chicago hacía casi seis.
Las fechas eran demasiado cercanas.
Demasiado perfectas.
—Tenemos que ir al hospital.
Veinte minutos después, mi conductor nos dejó frente al Northwestern Memorial.
Lauren no soltó su bolso ni un segundo.
En recepción preguntamos por Mary Fitzgerald.
La enfermera revisó el sistema.
—Está en observación. Sufrió un traumatismo importante y varias lesiones por la caída. Está consciente, pero todavía muy débil.
—Quiero verla.
—¿Familiar?
Abrí la boca.
No sabía qué responder.
Lauren levantó la mano.
—Yo soy su hija.
La enfermera suavizó inmediatamente la expresión.
—Entonces vamos a buscar a alguien que pueda acompañarte.
Cuando llegamos al pasillo de la habitación, Lauren salió corriendo.
—¡Mami!
Mary giró la cabeza.
Y el tiempo retrocedió seis años.
Estaba pálida, con un vendaje rodeándole parte de la frente, pero seguía siendo ella.
Los mismos ojos.
La misma pequeña marca bajo el labio.
Lauren se aferró a su brazo.
—Te encontré.
Mary comenzó a llorar.
—Mi amor… pensé que te había perdido.
Me quedé junto a la puerta.
Entonces Mary levantó los ojos.
Me vio.
Toda la emoción desapareció de su rostro.
—No.
Una sola palabra.
Pero estaba cargada con seis años de dolor.
—Mary…
—No te acerques.
Lauren nos miró confundida.
—Mami, él me compró comida.
Mary cerró los ojos.
Aquello pareció herirla todavía más.
—Señora Higgins, por favor, llévese a Lauren un momento.
—Pero…