Un año después de su boda, Clara todavía nunca había visto a Don Baste sin ropa que cubriera completamente su cuerpo.
Siempre llevaba camisas demasiado grandes.
Mangas largas.
Chaquetas pesadas.
Incluso dentro de la mansión.
Al principio, supuso que era porque se sentía incómodo con su cuerpo.
Pero entonces notó algo más.
Nunca permitía que nadie le tocara la espalda.
Ni los médicos.
Ni los sirvientes.
Ni siquiera ella.
Un día, mientras lo ayudaba a organizar sus medicamentos, Clara vio un antiguo expediente médico.
No estaba intentando leerlo.
Pero una frase llamó su atención.
“Procedimiento reconstructivo completado con éxito.”
Su corazón dio un vuelco.
¿Reconstructivo?
¿Por qué alguien que simplemente tenía sobrepeso necesitaría una cirugía reconstructiva?
Antes de que pudiera mirar más de cerca, Don Baste le quitó el expediente de las manos.
—No.
Su voz era diferente.
No estaba enfadado.
Tenía miedo.
—¿Por qué escondes tantas cosas? —preguntó Clara.
Por un momento, el poderoso multimillonario desapareció.
Y ella vio a un hombre herido.
—Porque la gente solo ama las cosas bonitas, Clara.
Ella lo miró fijamente.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es.
—No.
Su voz se volvió más firme.
—Me casé con un hombre que creía que todo el mundo odiaba. Y cada día demuestras que estaban equivocados.
Don Baste la miró.
Y por primera vez, Clara vio lágrimas formándose en sus ojos.
Pero él rápidamente apartó la mirada.
Su primer aniversario de boda llegó tranquilamente.
Clara no esperaba nada.
Supuso que Don Baste lo ignoraría como todo lo demás.
Pero cuando entró en el comedor aquella noche, se quedó paralizada.
Toda la habitación había sido transformada.
Cientos de velas iluminaban las paredes.
Flores frescas cubrían la mesa.
Una hermosa cena los esperaba.
Y en el centro había una pequeña caja.
—Para ti —dijo Don Baste.
Clara la abrió.
Dentro había un collar con un colgante de diamantes.
Pero el collar no fue lo que la emocionó.
Fue el mensaje grabado en la parte posterior.
“Para la mujer que vio mi corazón antes que mi rostro.”
Clara levantó la mirada.
—Don Baste…
Él hizo rodar lentamente su silla de ruedas hacia el espejo.
—Creo que mereces saber la verdad.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué verdad?
Llevó la mano detrás del cuello.
Y sus dedos temblorosos tocaron algo que ella nunca había notado.
Una cremallera oculta.