Pasaron los meses.
Poco a poco, algo cambió entre ellos.
Clara dejó de ver a Don Baste como el aterrador multimillonario de los rumores.
Empezó a ver al hombre que había detrás de aquellos rumores.
Descubrió que pagaba en secreto las facturas hospitalarias de familias pobres.
Descubrió que construía escuelas en aldeas remotas, pero nunca permitía que su nombre apareciera en ellas.
Descubrió que muchos empleados llevaban décadas trabajando con él, no porque le tuvieran miedo, sino porque lo respetaban.
Una noche, Clara encontró a Don Baste luchando para pasar de su silla de ruedas a la cama.
Sin pensarlo, corrió hacia él.
—Déjame ayudarte.
Él apartó inmediatamente su mano.
—No.
—Don Baste…
—He dicho que no.
Su voz era áspera.
Pero Clara notó que le temblaban las manos.
No de rabia.
De vergüenza.
—Soy tu esposa —dijo suavemente—. No tienes que sentir vergüenza delante de mí.
Aquellas palabras lo golpearon con más fuerza de lo que ella imaginaba.
Porque nadie le había hablado jamás de aquella manera.
Nadie había mirado más allá de su apariencia.
Aquella noche, Don Baste permaneció en silencio durante mucho tiempo.
Finalmente, dijo:
—Clara… si supieras la verdad sobre mí, me odiarías.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
Pero él simplemente apartó la mirada.
—Todavía no.