Dormí apenas un par de horas.
No porque tuviera ganas de enfrentar a Daniel.
Sino porque, por primera vez desde que me casé, entendí que una decisión tomada con la cabeza fría podía cambiar el resto de mi vida.
A las seis y media de la mañana vi abrirse la puerta de mi casa.
La joven salió primero.
Ya no llevaba el cabello perfectamente acomodado como la noche anterior. Ahora vestía un suéter gris sobre el vestido blanco y sostenía un vaso térmico que Daniel le entregó antes de despedirse.
Él sonrió.
Ella también.
Se abrazaron unos segundos.
No fue un abrazo de cortesía.
Era la clase de abrazo que solo existe cuando dos personas llevan tiempo compartiendo algo.
Esperé a que el taxi desapareciera al final de la calle.
Después guardé el teléfono.
Ya tenía suficiente.
En lugar de volver a casa, conduje directamente a mi oficina.
Nadie sabía que había regresado de viaje.
Entré a mi despacho, cerré la puerta y llamé a Laura, la abogada corporativa de la empresa, además de una vieja amiga de la universidad.
Media hora después estaba sentada frente a mí.
Me observó unos segundos antes de preguntar:
—¿Qué pasó?
Le mostré las capturas de la cerradura inteligente.
Luego el video de la noche anterior.
No dijo una sola palabra hasta terminar de verlo.
Apagó el teléfono y respiró despacio.
—¿Qué quieres hacer?
Pensé unos segundos.
—No quiero hacer nada impulsivo.
Quiero saber exactamente dónde estoy parada.
Laura abrió una libreta.
—Entonces empecemos por lo importante.
¿La casa está a nombre de quién?
—De los dos.
—¿Cuentas bancarias?
—Una conjunta para los gastos y cuentas personales separadas.
—¿Hay hijos?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Capitulaciones matrimoniales?
—No firmamos ninguna.
Laura tomó varias notas.
—Perfecto.
Antes de cualquier confrontación, reúne absolutamente toda la documentación financiera.
Estados de cuenta.
Escrituras.
Seguros.
Inversiones.
Declaraciones fiscales.
Y, sobre todo, no le digas que sabes nada.
Asentí.
Era exactamente lo que pensaba hacer.
Aquella misma tarde regresé a casa.
Daniel ya estaba allí.
Me recibió con la misma naturalidad de siempre.
—¿Cómo estuvo Chicago?
Lo miré unos segundos.