—¿De mí?
—De que pensaras que me casé contigo por el bebé.
Eso pareció dolerle.
—Olivia, me casé contigo creyendo que estabas embarazada de otro hombre.
Giré hacia él.
—Precisamente.
Ethan frunció el ceño.
—¿Precisamente qué?
—Eso lo hacía peor.
Tragué saliva.
—Porque empezaste a cuidar de mí sin pedir nada. Preparabas mis comidas. Me acompañabas a las revisiones. Compraste una cuna para un niño que creías que no era tuyo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Cada día quería decírtelo más. Y cada día tenía más miedo de perder aquello.
Ethan permaneció callado.
Después tomó mi mano.
—Eres increíblemente complicada.
—Y tú mentiste sobre una novia imaginaria.
—Estamos empatados.
Meses después hicimos algo que ninguno esperaba.
Volvimos al mismo registro civil donde habíamos terminado casándonos por accidente.
Esta vez no necesitábamos firmar nada.
Solo queríamos una fotografía.
Ethan llevaba a nuestro hijo en brazos.
Yo sostenía la vieja acta matrimonial.
—Hay algo que todavía no entiendo —dije.
—¿Qué?
—Si realmente creías que el bebé era de otro, ¿por qué propusiste matrimonio?
Ethan miró al niño.
Luego a mí.
—Porque llevaba años intentando olvidarte.
Se inclinó y añadió:
—Y cuando te vi otra vez, entendí que prefería criar contigo al hijo de otro hombre antes que formar una familia sin ti.
No pude responder.
Él sonrió.
—Aunque debo admitir que descubrir que era mío mejoró bastante el trato.
Le di un golpe suave en el brazo.
Nuestro hijo comenzó a reír.
Y allí comprendí la ironía.
Durante años nos separaron mentiras que otras personas habían construido.
Cuando finalmente volvimos a encontrarnos, fueron nuestras propias mentiras las que nos unieron.
Ethan nunca había sido estéril.
Yo nunca había tenido marido.
Nunca existió ninguna prometida.
Pero hubo algo que sí había sido verdadero desde el principio.
Ninguno de los dos había dejado realmente de amar al otro.