—Hace seis meses Nathan compró, mediante sociedades interpuestas, casi el quince por ciento de las acciones flotantes de Vexley Pharmaceuticals.
Fruncí el ceño.
—Eso no explica nada.
—Todavía no.
Marcus señaló otra cláusula.
—Tu testamento corporativo sí.
Mi respiración se detuvo.
Años atrás había firmado un protocolo sucesorio.
Si yo fallecía sin descendencia reconocida…
El control operativo de la empresa pasaría temporalmente al director financiero.
Es decir…
A Nathan.
Pero si existían herederos legales…
Ese plan desaparecía automáticamente.
Marcus terminó la frase que yo no pude pronunciar.
—Nathan necesitaba demostrar que los niños no eran tuyos.
—O, mejor aún, registrarse él mismo como padre para controlar cualquier derecho sucesorio futuro.
La habitación quedó en silencio.
No solo habían intentado robarme una empresa.
Habían intentado robarles su identidad a mis hijos.
Miré nuevamente a Sylvie.
Durante siete meses creí que ella era mi enemiga.
Mientras tanto, alguien mucho más cercano llevaba años preparando una traición que podía destruirlo todo.
Apreté con más cuidado a los dos bebés contra mi pecho.
Uno de ellos abrió lentamente los ojos.
Por un instante, me observó en absoluto silencio.
Y comprendí que acababa de pasar toda una vida construyendo un imperio para proteger un futuro que ni siquiera sabía que ya había nacido.
Mientras tanto, al otro lado del hospital, Nathan Cole acababa de recibir una llamada urgente.
Porque alguien acababa de informarle que la prueba de ADN había llegado antes de lo previsto…
Y que el hombre al que llevaba años traicionando ya conocía toda la verdad.