El silencio regresó a la mansión con una violencia que Alejandro no recordaba haber sentido ni siquiera el día del funeral de Carolina.
Durante varios minutos permaneció inmóvil en medio de la cocina, escuchando únicamente el zumbido del refrigerador y el tintinear de un vaso que aún vibraba sobre la encimera.
Las tres niñas habían desaparecido escaleras arriba.
No hubo llanto. No hubo protestas. Solo aquel silencio insoportablemente conocido.
Teresa apareció desde la lavandería con el rostro completamente pálido.
—¿Qué hizo, señor?
Alejandro respiró hondo.
—La despedí.
La mujer cerró los ojos con una mezcla de tristeza y resignación.
—¿Delante de las niñas?
—No podía permitir que una empleada…
Teresa lo interrumpió por primera vez en veinte años de servicio.
—Lo que no podía permitirse era quitarles la única persona con la que habían vuelto a sonreír.
Aquellas palabras le golpearon con más fuerza que cualquier acusación.
Alejandro sintió un impulso de defenderse.
—Soy su padre.
—Sí. Pero llevaba meses sin darse cuenta de que sus hijas ya estaban volviendo a vivir.
El empresario guardó silencio.
Teresa señaló la pared donde seguía pegado el dibujo de la mariposa amarilla.
—¿Sabe quién lo puso ahí?
Alejandro negó con la cabeza.
—La señorita Lucía.
—¿Y sabe por qué nunca lo quitó?
Otra vez negó.
—Porque Sofía volvía todas las noches a comprobar que seguía allí.
Aquella respuesta hizo que Alejandro levantara lentamente la vista hacia el dibujo infantil.
Solo entonces observó un detalle que jamás habría notado.
Había tres mariposas pequeñas rodeando otra mucho más grande.
Y debajo, escrito con letras torcidas, podía leerse:
“Mamá sigue volando con nosotras.”
El pecho comenzó a dolerle.
No sabía cuándo sus hijas habían vuelto a escribir.
No sabía cuándo habían recuperado la imaginación.
Ni siquiera sabía que ya podían expresar otra vez lo que sentían.
Mientras tanto, en la habitación del segundo piso, María, Elisa y Sofía permanecían sentadas sobre la alfombra.
Las tres abrazaban el mismo oso de peluche.
Ninguna hablaba.
Sofía miró la puerta durante varios segundos.
Después tomó lentamente una caja de crayones.
Sacó una hoja blanca.
Comenzó a dibujar.
No dijo una sola palabra.
María observó el dibujo y empezó también a colorear.
Elisa buscó unas tijeras escolares.
Las tres trabajaron en completo silencio durante casi media hora.
Abajo, Alejandro recorría la casa incapaz de concentrarse.
Abrió el despacho.
Encontró expedientes.
Firmó dos documentos.
Volvió a romperlos.
Intentó llamar a Monterrey.
Colgó antes de que respondieran.
Algo no dejaba de repetirse dentro de su cabeza.
La expresión de terror con la que sus hijas habían visto marcharse a Lucía.
No era tristeza.
Era miedo.
Como si acabaran de perder otra vez a alguien imprescindible.
Teresa apareció nuevamente.
—Las niñas no quisieron cenar.
Alejandro subió inmediatamente.
Entró despacio en la habitación.
Las tres seguían exactamente donde las había dejado.
—¿Mis princesas?
Ninguna levantó la cabeza.
—Perdón por haber gritado.
Silencio.
—No volveré a hacerlo.
Nada.
Alejandro sintió cómo el vacío regresaba exactamente igual que dieciocho meses atrás.
Era el mismo muro invisible.
El mismo que los psicólogos jamás habían conseguido romper.
Cuando salió del dormitorio encontró a Teresa esperándolo en el pasillo.
La mujer sostenía algo entre las manos.
Era un sobre doblado.
—Lo dejaron debajo de la puerta de su habitación.
—¿Quién?
—Las niñas.
Alejandro abrió el sobre con cuidado.
Dentro encontró una hoja llena de dibujos hechos con crayones.
No era una carta normal.
Había tres niñas tomadas de la mano.
Una mujer con cabello oscuro sonreía junto a ellas.
Más atrás aparecía otra mujer con alas amarillas.
Y un hombre estaba dibujado completamente solo.
Debajo, escrito con una mezcla de letras infantiles, podía leerse:
“Papá volvió a romper la casa.”
Alejandro dejó escapar el aire.
Sintió un nudo insoportable en la garganta.
No recordaba la última vez que había llorado.
Aquella noche estuvo a punto de hacerlo.
Teresa habló muy despacio.