PARTE 2
El majestuoso jardín que Mariana había diseñado con tanto amor estaba irreconocible. Las jacarandas moradas que tanto significaban para la familia habían sido podadas salvajemente, y el césped, antes impecable, estaba lleno de lodo y desperdicios. Pero el entorno pasó a segundo plano en un instante. El horror absoluto estaba concentrado en el centro del jardín.
Allí, bajo el sol abrasador del mediodía, se encontraba una escena digna de una pesadilla. Mateo, de 9 años, y la pequeña Valeria, de 6, estaban arrodillados sobre la tierra seca y espinosa. Llevaban ropas viejas, rotas y visiblemente sucias. El rostro de Valeria estaba cubierto de lágrimas secas y lodo, mientras intentaba con sus manos desgastadas arrancar las malas hierbas del suelo. A su lado, Mateo, con los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo y el llanto contenido, intentaba proteger a su hermanita interponiendo su propio cuerpo.
Frente a ellos, sosteniendo una manguera de agua a alta presión, estaba Paola. Pero ya no era la estrella de televisión carismática y sonriente que Alejandro conocía; su rostro estaba deformado por una mueca de pura crueldad y desprecio.
—¡Muévanse, malditos huérfanos! —gritó Paola con una voz chillona y llena de odio, completamente diferente a su habitual tono de miel—. ¡Si no terminan de limpiar todo el terreno antes de las dos de la tarde, no habrá comida hoy tampoco! ¡Y ni se les ocurra llorar, porque les irá peor!
Para horror de Alejandro, Paola activó la manguera y disparó el chorro de agua fría directamente al rostro de la pequeña Valeria, quien soltó un grito de dolor y terror. Mateo reaccionó de inmediato, abrazando a su hermana para recibir el impacto del agua en su propia espalda.
—¡Déjala en paz! —sostuvo el niño con valentía, temblando de frío y desnutrición—. ¡Cuando mi papá regrese se lo vamos a contar todo!
Una carcajada fría y burlona resonó en el jardín. Provenía de la terraza, donde Doña Carmen estaba sentada cómodamente en un sillón de mimbre, bebiendo una copa de vino premium que Alejandro guardaba para ocasiones especiales.
—¿Tu papá? —dijo Doña Carmen con desdén, soltando una risa maquiavélica—. Ese imbécil está a miles de kilómetros, creyendo cada una de las fotos falsas que le enviamos. Para cuando vuelva, ustedes ya habrán aprendido quién manda aquí. ¡Paola, dales más duro! Si no trabajan, que sientan el rigor. Bastante nos cuesta aguantar a estos engendros para quedarnos con esta mansión.