Alejandro sentía que el mundo giraba a una velocidad vertiginosa. El collar de diamantes, el alebrije y la muñeca cayeron de sus manos, impactando contra la piedra volcánica del pasillo. El sonido de los juguetes al caer llamó la atención de las dos mujeres y de los niños.
Al girar la cabeza, los ojos de Paola se abrieron desmesuradamente. El color de su rostro se desvaneció por completo, volviéndose tan pálido como el papel. La manguera se resbaló de sus manos, dejando correr el agua por el suelo inundado. Doña Carmen se puso de pie de un salto, dejando caer la copa de vino, que se estrelló en mil pedazos contra el suelo.
—¿¡Alejandro…!? —tartamudeó Paola, el pánico apoderándose de cada facción de su rostro—. Mi amor… esto… esto no es lo que parece. Estábamos… jugando, es una dinámica para una nueva telenovela… te lo juro…
Los niños, al ver a su padre, no dudaron un segundo. Con las fuerzas que les quedaban, se levantaron del lodo y corrieron hacia él llorando desconsoladamente.
—¡Papá! ¡Papá, regresaste! ¡Sálvanos, por favor! —gritaba Valeria, aferrándose con sus manitas sucias a las piernas de su padre.
Alejandro se arrodilló instantáneamente en el lodo, abrazando a sus hijos con una fuerza descomunal. Al tocarlos, sintió lo delgados que estaban; podía contar sus costillas a través de la ropa rota. La furia, una rabia ciega y ancestral que jamás había experimentado en su vida, comenzó a apoderarse de cada fibra de su ser.
Levantó la mirada hacia Paola y Doña Carmen. Sus ojos, antes amables y corporativos, ahora reflejaban la promesa de una destrucción absoluta.
—Tienen exactamente cinco minutos —dijo Alejandro, con una voz extrañamente baja, pero tan fría y cortante como una navaja—. Cinco minutos para desaparecer de mi propiedad antes de que use todo mi poder, todo mi dinero y todas mis influencias para asegurarme de que pasen el resto de sus miserables vidas en la cárcel más oscura de este país.
Paola intentó dar un paso adelante, con lágrimas de cocodrilo en los ojos, buscando manipularlo una última vez.
—Alejandro, escúchame, tu madre política y yo…
—¡CÁLLATE! —rugió Alejandro, un grito que hizo eco en toda la mansión del Pedregal—. ¡No vuelvas a dirigirles la palabra a mis hijos ni a mí!
En ese momento, dos de los choferes privados y el jefe de seguridad de la mansión, quienes habían estado amenazados de despido por Paola si hablaban, aparecieron en el jardín al escuchar los gritos del patrón.
—Señor Montenegro… lo sentimos mucho, nos tenían amenazados… —comenzó el jefe de seguridad.
—Sáquenlas —ordenó Alejandro sin mirar al empleado, manteniendo sus brazos alrededor de Mateo y Valeria—. Sáquenlas a patadas si es necesario. Y llamen a mis abogados y al fiscal general ahora mismo. Quiero una auditoría de cada peso en esta casa y una denuncia inmediata por maltrato infantil y fraude.
Paola y Doña Carmen comprendieron que el juego había terminado. El imperio de mentiras de la “madrastra perfecta” se había derrumbado en un solo segundo. Mientras los guardias las escoltaban agresivamente hacia la salida, bajo la mirada de desprecio de los empleados que comenzaban a salir de sus escondites, Alejandro cargó a sus dos pequeños en brazos.
Los llevó al interior de la casa, directo a la bañera con agua caliente. Mientras les limpiaba el lodo del cuerpo y les curaba las pequeñas heridas de las manos, Alejandro lloró en silencio, pidiéndole perdón al recuerdo de Mariana por haber sido tan ciego.
Esa tarde, la mansión de Jardines del Pedregal volvió a quedar en silencio, pero ya no era un silencio sepulcral ni siniestro. Era el inicio de una reconstrucción. Alejandro Montenegro miró a sus hijos comer con desesperación la comida que el chef de la casa preparaba a toda prisa, y se juró que la justicia civil no sería suficiente; destruiría la carrera de Paola y la reputación de su familia hasta que desearan jamás haber pisado esa casa. La verdadera pesadilla para las dos mujeres apenas estaba por comenzar.