Ninguna mujer quería casarse con el conde ciego, hasta que una hermosa mujer soltera llegó a su pequeño pueblo.

Ninguna mujer quería casarse con el conde ciego, hasta que una hermosa mujer soltera llegó a su pequeño pueblo.

La tormenta azotaba los árboles cuando llegaron a las ruinas. Detrás de unos matorrales encontraron una puerta de hierro. Bajaron por una escalera estrecha hasta una cámara excavada en piedra.

En el fondo había una puerta cubierta con el escudo de los Montemayor.

Tras romper el candado, Catalina levantó la lámpara.

Había cofres de monedas, lingotes de plata y cajas llenas de piedras preciosas. También encontraron escrituras que demostraban que varias tierras arrebatadas a los campesinos les pertenecían legalmente.

Rafael soltó una risa incrédula.

—¿Está allí?

—Es mucho más que una fortuna.

Una voz resonó a sus espaldas.

—Qué escena tan conmovedora.

Tomás Arriaga se encontraba en la entrada acompañado por Julián. Sostenía una pistola.

—Gracias por encontrarlo —continuó—. Llevo años buscando este lugar.

Rafael se colocó delante de Catalina.

—Nunca saldrás de aquí con el tesoro.

—Usted morirá en un accidente, mi señor. La señorita también. Después yo descubriré heroicamente la cámara.

Tomás apuntó al pecho de Rafael.

—Julián, encárgate de la mujer.

Rafael no atacó a los hombres.

Se volvió hacia Catalina, le arrebató la lámpara y la estrelló contra la pared.

La oscuridad absoluta llenó la cámara.

Tomás disparó, pero la bala golpeó la piedra.

—¡Maldito! —gritó.

La voz de Rafael surgió desde algún lugar de la oscuridad.

—Cometiste un error, Tomás. Para ti, esto es oscuridad. Para mí, es el mundo en el que he aprendido a sobrevivir.

Julián lanzó golpes al aire. Rafael escuchó su respiración y le golpeó la rodilla con el bastón. El hombre cayó con un alarido.

Tomás disparó otra vez.

Rafael se movió guiado por el eco, lo alcanzó y le golpeó la muñeca. La pistola cayó al suelo.

Catalina la recogió.

—No se muevan —ordenó—. El próximo disparo no será al techo.

Cuando Catalina consiguió encender otra lámpara, descubrió algo inesperado entre los documentos caídos del maletín de Tomás.

Era un informe mecánico sobre el accidente de Rafael.

Tomás había pagado a un cochero para debilitar los frenos del carruaje cinco años atrás. Su intención había sido matar a Rafael y quedarse con el control de la hacienda. La ceguera no había sido una desgracia accidental.

Había sido un intento de asesinato.

Rafael leyó la verdad a través de la voz quebrada de Catalina.

Durante años se había culpado por sobrevivir. Ahora comprendía que el hombre al que había considerado su salvador era el responsable de destruir su vida.

—Me quitaste la vista —dijo Rafael, sujetando a Tomás por el cuello—. Después intentaste convencerme de que ya no era un hombre.

Tomás comenzó a suplicar.

Rafael levantó el bastón, pero Catalina tomó su brazo.

—No permita que también le robe su honor.

Rafael permaneció inmóvil. Finalmente lo soltó.

No tuvieron que esperar hasta el amanecer. Antes de salir de Casa de los Rosales, Catalina había enviado un mensaje al gobernador y a un antiguo amigo de su padre. Los rurales llegaron poco después, guiados por uno de los trabajadores leales de la hacienda.

Tomás y Julián fueron arrestados por fraude, extorsión e intento de asesinato.

La fortuna salvó San Jacinto, pero Rafael y Catalina decidieron no utilizarla únicamente para recuperar el esplendor de la familia. Devolvieron las tierras robadas, repararon las casas de los campesinos, reabrieron la escuela del pueblo y construyeron una clínica.

Meses después, Rafael recibió la visita de un médico francés que experimentaba con nuevas intervenciones oculares. No prometió devolverle la vista, pero consiguió que Rafael distinguiera luces y algunas formas.

El primer día que pudo percibir la silueta de Catalina junto a una ventana, lloró.

—No puedo ver su rostro —dijo—, pero sé que es usted.

—¿Cómo?

—Porque toda la habitación parece más clara cuando entra.

Catalina apoyó la frente contra la suya.

—Siempre supo decir cosas hermosas. Solo necesitaba dejar de esconderlas detrás de su mal carácter.

Se casaron en la iglesia de Santa Lucía al comienzo de la primavera.

Catalina no llevó las esmeraldas encontradas en la cámara. Eligió el pequeño medallón de su madre. Rafael la esperó frente al altar, apoyado en su bastón, con la cabeza erguida.

Cuando ella llegó a su lado, él encontró su mano sin vacilar.

Los antiguos amigos de la capital enviaron invitaciones, felicitaciones y cartas llenas de falsa admiración. Catalina las arrojó una por una al fuego.

Nunca regresó a los salones donde la habían despreciado.

En San Jacinto encontró algo mucho más valioso que el oro escondido bajo las ruinas: un hombre que aprendió a confiar nuevamente y un hogar donde nadie medía el valor de una persona por su fortuna, su título o sus heridas.

Rafael jamás recuperó por completo la vista.

Pero dejó de vivir en la oscuridad.

Porque Catalina le había demostrado que algunas personas no necesitaban ojos para reconocer la verdad, y que incluso después de la traición más cruel, dos corazones heridos podían encontrarse, sostenerse y caminar juntos hacia la luz.