Por primera vez en años, sonrió.
Durante las siguientes semanas, Catalina investigó discretamente la situación de San Jacinto. Visitó a campesinos, comerciantes y antiguos trabajadores de la mina. Pronto descubrió que las cuentas no tenían sentido.
Las cosechas habían sido abundantes. La plata seguía saliendo de las galerías. Sin embargo, Tomás Arriaga expulsaba familias por deudas inexistentes y compraba propiedades utilizando nombres falsos.
Catalina comprendió la verdad: Tomás estaba robándole a Rafael y provocando la ruina de la hacienda para comprarla después por una fracción de su valor.
Tres días más tarde, Catalina se presentó en San Jacinto.
Encontró a Rafael en la biblioteca, sentado frente a una chimenea casi apagada.
—Tiene usted la costumbre de entrar en mi propiedad sin invitación —dijo él.
—Y usted tiene la costumbre de dejar que un ladrón gobierne su vida.
Rafael se puso de pie.
—Mida sus palabras.
—Tomás Arriaga le está robando. Vendió madera de sus bosques a una compañía ferroviaria y declaró menos de la cuarta parte del pago. También falsifica deudas de los campesinos y se queda con las ganancias de las minas.
—Tomás sirvió a mi padre durante veinte años.
—Mi padre también confió en hombres que parecían honorables. Esa confianza lo mató.
Rafael golpeó el suelo con el bastón.
—No necesito la compasión de una mujer de la capital.
Catalina dejó la caja de hierro sobre la mesa.
—No siento compasión por usted. Siento rabia. Un hombre que utiliza la ceguera de otro para robarle merece terminar en prisión.
El silencio se extendió por la biblioteca.
Rafael levantó una mano y encontró el borde de la caja.
—¿Por qué le importa lo que me ocurra?
—Porque mi tía dejó pruebas de que su abuelo escondió una fortuna en estas tierras. Y sospecho que Tomás también sabe algo de ella.
Durante las tres semanas siguientes, Catalina y Rafael trabajaron cada noche en secreto.
Ella leía los cuadernos de doña Jacinta; él reconstruía mentalmente la hacienda. Rafael recordaba cada sendero, cada árbol antiguo y cada edificio abandonado.
Poco a poco, la desconfianza entre ambos se transformó.
Catalina descubrió que detrás de la amargura de Rafael sobrevivía un hombre inteligente, irónico y sensible. Rafael comprendió que Catalina no lo veía como un inválido. Ella discutía con él, se burlaba de su mal humor y jamás intentaba ayudarlo sin preguntarle.
Una noche, mientras colocaban marcas sobre un mapa en relieve, Rafael rozó accidentalmente la mano de Catalina.
Ninguno de los dos se apartó.
—¿Cómo es usted? —preguntó él.
Catalina sonrió con tristeza.
—Creí que no le importaban las apariencias.
—No me importan. Pero deseo imaginar el rostro de la única persona que se atreve a llamarme insoportable.
Ella tomó sus manos y las llevó hasta su cara.
Rafael recorrió con cuidado sus pómulos, su frente y la curva de sus labios.
—Está sonriendo —murmuró.
—No debería. Es usted demasiado arrogante.
—Y usted está temblando.
Catalina soltó sus manos, pero ya era tarde. Ambos comprendieron que algo había cambiado.
Tomás Arriaga también lo notó.
Una tarde lluviosa, Catalina regresó a Casa de los Rosales y encontró la puerta abierta. Tomás estaba sentado en la sala. Junto a él permanecía Julián Cobo, un hombre enorme conocido por cobrar deudas mediante amenazas.
Tomás colocó unos documentos sobre la mesa.
—Su padre dejó pagarés pendientes por 6,000 pesos. La deuda pertenece ahora a una compañía que represento.
Catalina revisó los papeles.
—Estas firmas son falsas.
—Eso tendrá que demostrarlo ante un juez. Si no paga mañana, perderá esta casa y será arrestada. Sin embargo, puedo hacer desaparecer la deuda si toma el tren de esta noche y no vuelve jamás.
Catalina sostuvo su mirada.
—Tiene miedo.
La sonrisa de Tomás desapareció.
—Rafael es un ciego inútil. No podrá protegerla.
—Tal vez. Pero usted no habría venido con un matón si estuviera tan seguro.
Tomás se levantó.
—Márchese antes del amanecer.
Cuando ambos hombres se fueron, Catalina cerró la puerta con manos temblorosas. Después guardó los cuadernos en una bolsa y salió bajo la tormenta rumbo a San Jacinto.
Rafael la recibió en el vestíbulo.
—Tomás sabe que buscamos el tesoro —dijo ella—. Quiere echarme del pueblo y liquidar la hacienda.
El rostro de Rafael se endureció.
—Entonces terminaremos esta noche.
El último acertijo de doña Jacinta decía:
“Donde los frailes guardaban el invierno bajo el sol, duerme la riqueza que ninguna guerra pudo llevarse”.
Rafael recordó de inmediato un antiguo monasterio en ruinas, construido junto al río antes de que existiera la hacienda. Bajo sus cocinas había una cámara subterránea usada para conservar hielo traído de las montañas.
Tomaron una lámpara, una barreta y un juego de llaves antiguas.