En el otoño de 1881, los salones más elegantes de la Ciudad de México murmuraban un solo nombre: Catalina de la Vega.
A sus 28 años, Catalina poseía una belleza serena que hacía callar las conversaciones cuando entraba en una habitación. Tenía el cabello oscuro, los ojos color miel y una dignidad que ni siquiera la pobreza había conseguido arrebatarle. Durante años había recibido propuestas de militares, terratenientes y herederos de grandes casas comerciales.
Sin embargo, seguía soltera.
Las damas de sociedad afirmaban que era orgullosa. Los hombres rechazados decían que se creía superior a todos. Nadie mencionaba la verdad: tres años antes, el padre de Catalina, don Rodrigo de la Vega, había perdido casi toda su fortuna tras invertir en una compañía minera fraudulenta.
Los mismos caballeros que antes competían por bailar con ella dejaron de saludarla. Algunos regresaron más tarde con propuestas indecentes disfrazadas de protección.
Don Rodrigo no soportó la vergüenza. Murió de un ataque al corazón, dejando a su hija con una casa hipotecada, deudas y varias cajas de vestidos que ya no podía permitirse usar.
Cuando Catalina creyó que terminaría viviendo de la caridad de algún pariente, recibió una carta de un notario de Guanajuato.
Su difunta tía abuela, doña Jacinta Villaseñor, le había dejado una pequeña propiedad llamada Casa de los Rosales, situada cerca del pueblo de Santa Lucía, en medio de montañas cubiertas de neblina.
Catalina vendió sus últimas joyas, pagó lo indispensable y abandonó la capital.
No sabía que en Santa Lucía la esperaba un hombre al que todos llamaban el Señor de las Sombras.
Don Rafael Montemayor era el dueño de la Hacienda San Jacinto, una enorme propiedad de tierras fértiles, bosques y antiguas minas de plata. Cinco años antes había sido un hombre respetado, alegre y brillante. Se decía que conocía cada rincón de sus dominios y que podía montar durante horas sin perderse entre las montañas.
Todo cambió una noche de tormenta.
El carruaje en el que viajaba cayó por un barranco. Rafael sobrevivió con una cicatriz en la sien y una lesión que lo dejó completamente ciego.
Su prometida, Leonor Alcázar, rompió el compromiso apenas comprendió que él jamás volvería a verla. Los médicos de la capital fueron incapaces de ayudarlo. Rafael se encerró en San Jacinto, despidió a casi todos sus criados y entregó la administración de sus bienes a Tomás Arriaga, antiguo secretario de su padre.
Con el paso de los años, la hacienda empezó a deteriorarse.
Tomás aseguraba que las cosechas habían sido malas, que las minas ya no producían y que los campesinos no pagaban sus rentas. Rafael, incapaz de revisar los documentos por sí mismo, terminó creyendo que su familia estaba al borde de la ruina.
Durante sus primeras semanas en Casa de los Rosales, Catalina se dedicó a reparar goteras, limpiar habitaciones y recuperar un jardín que llevaba años abandonado. Una tarde, mientras retiraba una estantería podrida del despacho, descubrió una cavidad en la pared.
Dentro había una caja de hierro cubierta de óxido.
La cerradura cedió después de varios golpes. Catalina encontró cuadernos escritos por doña Jacinta, mapas, cartas y una pequeña llave de bronce.
Aquellos documentos revelaban un secreto sorprendente.
Décadas atrás, el abuelo de Rafael, don Sebastián Montemayor, había ocultado una fortuna compuesta por monedas de oro, lingotes de plata, esmeraldas colombianas y documentos de propiedad. Temiendo las guerras y los saqueos, había escondido todo en algún punto de la Hacienda San Jacinto.
Doña Jacinta, que había trabajado como archivista de la familia, era la única persona que conocía la existencia de aquel tesoro.
El lugar exacto estaba descrito mediante acertijos.
Catalina comprendió que aquellos documentos podían salvar la hacienda. Pero también podían condenarla si caían en manos equivocadas.
Su primer encuentro con Rafael ocurrió una mañana fría.
Mientras intentaba relacionar uno de los mapas con el terreno, Catalina cruzó sin darse cuenta un viejo muro de piedra. Un enorme perro salió de la niebla ladrando furiosamente.
—Quieto, Centella.
La voz masculina surgió detrás del animal.
Rafael apareció apoyado en un bastón de caoba. Era alto, de hombros anchos y facciones severas. Una cicatriz atravesaba su sien derecha. Sus ojos claros permanecían inmóviles, pero su rostro se orientó con precisión hacia Catalina.
—Está usted invadiendo mis tierras.
—Los letreros están cubiertos por las enredaderas —respondió ella—. Si desea mantener alejados a los intrusos, debería ordenar que limpien sus cercas.
Rafael arqueó una ceja.
Nadie se atrevía a hablarle de ese modo.
—¿Quién es usted?
—Catalina de la Vega. Heredé Casa de los Rosales.
—La hija del financiero arruinado.
Catalina apretó los labios.
—Y usted debe ser el hacendado que perdió la vista y también los modales.
Rafael se quedó inmóvil.
Catalina dio media vuelta y regresó por donde había venido. Él escuchó el sonido de sus pasos hasta que desaparecieron entre la niebla.