PARTE 1
“Hoy le vamos a quitar hasta el derecho de llamarse hija de mi papá”, dijo mi hermano Iván, riéndose frente a todos en la sala del juzgado.
Mi madre, Leticia, no se escandalizó. Al contrario, le apretó el brazo como si estuviera orgullosa de él. Yo estaba parada a unos metros, con una carpeta café entre las manos, escuchando cómo hablaban de mí como si ya estuviera enterrada.
—No te pongas nerviosa, Mariana —me dijo mi madre con una sonrisa falsa—. Esto se acaba rápido. Tú nunca supiste defenderte.
Eso era lo que habían repetido durante años.
Que yo era débil.
Que era demasiado sensible.
Que no servía para manejar dinero.
Que mi hermano, por ser hombre, debía quedarse con la casa, el terreno de Morelos y el dinero que mi papá había dejado antes de morir.
Mi papá, don Ernesto Salazar, había trabajado treinta años con una pequeña empresa de materiales de construcción en Nezahualcóyotl. No éramos ricos, pero él había levantado un patrimonio decente. Antes de morir, dejó un testamento claro: la mitad para Iván, la mitad para mí.
Pero cuando cumplí 26 años y pedí revisar los documentos, apareció una supuesta carta firmada por mí.
En esa carta, yo “renunciaba voluntariamente” a todo.
Según mi madre, yo la había firmado porque “no quería problemas familiares”.
Según Iván, yo había aceptado que él administrara todo porque “yo era una inútil con las cuentas”.
Lo peor fue que no solo me demandaron para validar esa carta. También me acusaron de querer robarle a mi propia familia.
La audiencia se celebró en un juzgado civil de la Ciudad de México. Mi madre llegó vestida como si fuera a una boda, con bolso caro y lentes oscuros. Iván llevaba traje nuevo, reloj brillante y esa mirada arrogante que usaba desde niño cada vez que conseguía lo que quería.
—Después de hoy, vas a tener que buscar dónde vivir —me susurró al pasar junto a mí—. Porque hasta el cuartito donde duermes está en terreno familiar.
Yo no respondí.
El secretario llamó el expediente.
—Salazar contra Salazar.
Mi estómago se apretó, pero mis manos no temblaron.
El juez entró, un hombre mayor, de cabello blanco y expresión seria. Revisó los papeles sin levantar mucho la vista. Mi madre empezó a acomodarse el collar, segura de que todo estaba decidido. Iván sonrió como si ya pudiera vender las propiedades.
Entonces el juez leyó mi nombre completo.
—¿Mariana Salazar Robles?
Levanté la mirada.
—Sí, señor juez.
Él se quedó viéndome unos segundos. Su rostro cambió. Dejó los papeles sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—¿Mariana Salazar? ¿La joven que presentó aquel proyecto de vivienda social para madres solteras en Ecatepec?
Mi madre dejó de sonreír.
Iván frunció el ceño.
—¿Proyecto? —murmuró.
El juez me observó con atención.
—Yo estuve en el comité que evaluó esa beca. Usted ganó el primer lugar. Recuerdo perfectamente su exposición.
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí, señor juez. Fui yo.
Él asintió lentamente.
—Entonces también recuerdo que su expediente desapareció de manera extraña antes de la entrega oficial.
Mi madre se puso pálida.
Iván volteó hacia ella.
Yo abrí mi carpeta y saqué la primera hoja.
—No desapareció, señor juez. Mi familia lo escondió.
El juez tomó el documento. Era la copia del correo donde me confirmaban la beca. Después saqué la supuesta renuncia a mi herencia.
—Y esta firma tampoco es mía.
Mi madre se levantó de golpe.
—¡Está mintiendo!
Pero el juez ya comparaba ambas firmas.
Su expresión se endureció.
—Señora Leticia, si esto es falso, aquí no estamos hablando solo de una herencia.
Iván susurró:
—Mamá, ¿qué hiciste?
Y entonces entendí que ni siquiera mi hermano sabía todo lo que mi madre había ocultado.
Lo que estaba a punto de salir a la luz no iba a destruir solo una mentira, iba a partir a mi familia en dos.
¿Ustedes qué harían si su propia madre intentara borrarles la vida con una firma falsa?