Mi familia organizó una fiesta después de echarme de casa, pero tres días más tarde, 30 facturas les borraron la sonrisa de la cara.

Mi familia organizó una fiesta después de echarme de casa, pero tres días más tarde, 30 facturas les borraron la sonrisa de la cara.

Mi familia organizó una fiesta después de echarme de casa, pero tres días más tarde, 30 facturas les borraron la sonrisa de la cara.

—Firma, Daniela.

Ramiro Castañeda empujó la carpeta hacia ella por encima de la mesa del comedor.

—No.

La respuesta de Daniela fue tan tranquila que pareció enfurecerlo todavía más.

Su madre, Teresa, apretó las manos alrededor de una taza de café.

—Hija, son solo papeles. Ramiro necesita este préstamo para ampliar el taller.

Daniela miró nuevamente la solicitud.

Ochocientos cincuenta mil pesos.

Su nombre aparecía como aval principal.

—Ya revisé mis cuentas —dijo—. No voy a firmar ninguna deuda más.

Su medio hermano, Iván, soltó una carcajada.

—¿“Tus cuentas”? Hablas como si fueras una empresaria millonaria.

—Trabajo desde hace nueve años. Tengo derecho a saber qué existe a mi nombre.

Ramiro golpeó la mesa.

—¡Esta familia te dio un techo!

Daniela levantó lentamente la mirada.

Aquella frase era casi graciosa.

Durante seis años ella había pagado buena parte de la hipoteca de aquella casa en Guadalajara.

También pagaba electricidad, agua, internet, seguro del automóvil de su madre, medicamentos, despensa y hasta la línea telefónica de Iván, un hombre de veintiocho años que cambiaba de empleo con la frecuencia con la que otros cambiaban de camisa.

—Y yo he ayudado a mantener ese techo —respondió.

—Eso hace la familia —replicó Ramiro—. Nadie te ha puesto una pistola en la cabeza.

—Precisamente. Por eso ahora digo que no.

Teresa comenzó a llorar.

Daniela conocía aquellas lágrimas.

Habían pagado muchas facturas.

—Antes no eras así —murmuró su madre—. Desde que te ascendieron te crees mejor que nosotros.

Daniela sintió el golpe, pero no reaccionó.

Tres meses atrás aquellas palabras la habrían destrozado.

Ahora sabía demasiado.

Ramiro se inclinó hacia ella.

—Última oportunidad. Firma.

Daniela cerró la carpeta.

—No.

Entonces él señaló la puerta.

—Pues haces tus maletas esta noche.

Teresa no dijo nada.